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Conmoción en el país asiático

Tailandia busca respuestas a la inexplicable matanza en una guardería

El país asume que tiene un problema con las armas, pero el perfil del asesino aleja cualquier explicación sencilla

El hombre buscado por la matanza en Tailandia. CIB THAILAND

¿Qué empuja a un tipo a degollar a una veintena de niños dormidos? No encuentra respuestas ni consuelo el 'País de las Sonrisas'. La casuística contempla que se apunte a las taras sociales tras estos dramas: el laxo control de armas, la falta de exámenes psíquicos en los cuerpos de seguridad, las drogas… Pero ni siquiera la enajenación extrema de un expolicía basta para entender el asesinato de 36 personas, 22 de ellos niños, que ha sentado al país en el diván. La dolorosa conclusión es que ninguna sociedad puede blindarse de raptos de locura como el de Panya Khamrab

Tailandia asume hoy que tiene un problema con las armas. Sólo Filipinas la supera en Asia en homicidios con armas de fuego y cuenta con seis millones de unidades registradas y otros cuatro millones clandestinas. Es una proporción de un arma por cada siete habitantes. El debate sobre su control, sin embargo, difiere del que sigue a cada tiroteo en una escuela de Estados Unidos. No se trata de un adolescente inadaptado que compra un rifle de asalto en internet sino de un policía treintañero y padre de familia. Es un perfil que cualquier sociedad acepta con armas. 

La legislación nacional establece multas de hasta diez años y 20.000 baht (unos 544 euros) por posesión de armas sin registro. La licencia exige un historial criminal limpio, las clases en una escuela de tiro homologada y el visto bueno de un oficial de alto rango, entre otros requisitos. “Es bastante estricto y nunca la obtienes antes de un mes”, señala por teléfono Kiaw, empresaria de una multinacional de telecomunicaciones y habitual en los fines de semana de los clubes de tiro. “Aunque no conozco a nadie al que se la hayan denegado”, concede. 

Uniformados con problemas mentales

La masacre de esta semana devuelve el eco de la cometida dos años atrás por el soldado Jakrapanth Thomma en un centro comercial. Desquiciado por una compraventa de tierras fallida, robó rifles del depósito militar y mató a 29 personas antes de ser abatido. Ambos eran uniformados, con problemas mentales y fácil acceso a las armas. En la plataforma Change.org se pedían controles más férreos a los funcionarios de seguridad, recordando el historial de drogas y violencia del expolicía y preguntándose por qué no se le había revocado la licencia o mandado a rehabilitación. Es paradójico que las peores masacres infligidas a la sociedad en los últimos años llegaran de los que tenían que protegerla. Algunas voces de la oposición lo asocian al gobierno de los militares, tras la asonada de 2014 primero y las elecciones de 2019 después.   

El perfil del ex teniente coronel de policía sugiere una bomba con la mecha corta y prendida. Había acumulado episodios violentos con vecinos y compañeros del cuerpo policial hasta que fue despedido el pasado año por posesión de drogas. El jueves asistió a la vista oral por un delito de narcotráfico y, según contó su madre  a la policía, consumió drogas tras salir del tribunal. Estaba paranoico, añadió. La droga que se había encontrado en su domicilio el pasado año era ya baa, una poderosa metanfetamina local, barata y producida en masa en el cercano Triángulo de Oro, un enclave en las fronteras de Tailandia, Laos y Myanmar. Es muy adictiva y puede inducir a alucinaciones y manías persecutorias. 

Espiral autodestructiva

Panya condujo hasta la guardería, disparó a los profesores que almorzaban, derribó la puerta donde dormían la siesta los niños y los acuchilló en la cabeza y cuello. Sólo uno de los 23 salvó la vida. Regresó a su furgoneta, atropelló y disparó a varios peatones en el trayecto hacia su vivienda y se encerró con su mujer e hijo. Cuando estaba cercado por la policía, los mató y se suicidó. La mayoría de sus víctimas son niños de entre dos y cuatro años. También una mujer embarazada de ocho meses que recibió un tiro a quemarropa. 

Los agentes apuntan a una espiral autodestructiva agravada por las drogas y con una probable condena judicial inminente. “Estaba en un estado de locura”, ha descrito Damrongsak Kittiprapat, jefe de la policía nacional.   

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