Conflicto de Oriente Próximo
Un 'virrey' para Gaza: los ecos coloniales del plan de Trump para pacificar el enclave
La propuesta del líder estadounidense dejaría la Franja bajo la tutela de una administración foránea, sin garantizar la completa retirada israelí y aplazando indefinidamente las aspiraciones para un Estado palestino

Fila de vehículos que se desplazan hacia el sur en la Franja de Gaza / Moiz Salhi/APA Images via ZUMA P / DPA

En la torturada historia de Palestina, hay un elemento recurrente que se repite con caprichosa periodicidad: la tendencia de las grandes potencias a decidir sobre su futuro sin tener en cuenta la voluntad de la población autóctona o si quiera los derechos soberanos para hacer tal cosa. Uno de los primeros ejemplos llegó en 1917, cuando Gran Bretaña prometió a los judíos su apoyo para “el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina” en la llamada Declaración Balfour. Por entonces, Londres ni siquiera había conquistado Jerusalén al Imperio Otomano, dueño y señor de la región desde hacía 400 años. Pero aquella promesa acabó concediendo al sionismo la legitimidad que buscaba para sustentar sus reclamaciones sobre Palestina. No hubo vuelta atrás, por más que la primera potencia mundial del momento tratara de enmendar después el cheque en blanco con el que había entregado una tierra que era suya.
Tiempo después el escritor judío Arthur Koestler resumiría en una cita celebre aquella arbitrariedad, propia del imperialismo de la época: “Una nación prometió solemnemente a una segunda nación el país de una tercera”. Esa misma lógica colonial despunta ahora del plan de Donald Trump para acabar con la guerra en Gaza, presentado este lunes en la Casa Blanca junto al primer ministro israelí, Binyamín Netanyahu. El plan deja fuera de la futura administración de Gaza a los principales actores del movimiento nacional palestino, y concede la autoridad máxima sobre los asuntos el enclave, incluida su lucrativa reconstrucción, a una especie de Consejo de Administración liderado por dirigentes, empresarios y expertos extranjeros.

El presidente de EEUU, Donald Trump, junto al primer ministro israelí, Binyamín Netanyahu, en la Casa Blanca. / Avi Ohayon/Israel Gpo/ZUMA Press / DPA
Trump presidiría ese “Consejo de Paz”, mientras el exprimer ministro británico, Tony Blair, uno de los arquitectos de la desastrosa invasion de Irak en 2003, se encargaría de dirigir el día a día como un virrey al servicio de la metrópoli. Ese ‘virrey’ o ‘regente’ ni siquiera viviría en Gaza inicialmente. El primer año gobernaría desde El Arish, en el lado egipcio de la frontera, así como desde El Cairo y Amán, de acuerdo con el plan elaborado por el propio Blair y filtrado a la prensa en vísperas del anuncio en la Casa Blanca.
Gobierno temporal de transición
“Gaza será gobernada por un gobierno temporal de transición, un comité palestino tecnocrático y apolítico”, dice uno de los 20 puntos del plan. Pero ese comité no tendrá ni poder ejecutivo ni independencia en la toma de decisiones, sino que estará completamente subordinado a “la supervision y el control” del mencionado del “Consejo de Paz”. Entre sus miembros se barajan nombres muy próximos a Israel, como el rabino y director del Instituto para los Acuerdos de Paz de Abraham Aryeh Lightstone o el financiero Mark Rowan, fundador del fondo Apollo Capital y generoso donante del lobi sionista.
El plan no solo excluye a Hamás del futuro de Gaza, sino también a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de Mahmud Abás, su gobierno legítimo a ojos de Occidente. Esta última ha celebrado el acuerdo, lo que reforzará la percepción extendida entre los palestinos de que no es más que un agente colaboracionista de Israel, a pesar de que solo entraría en la ecuación una vez “haya completado su programa de reformas”. Que, por su puesto, evaluarán otros. Netanyahu fue un poco más claro: “la ANP no tendrá ningún rol en Gaza a menos que experimente una transformación radical y genuina”. Dicho de otra manera, hasta que no renuncie a reclamar el fin de la ocupación y un Estado propio, reivindicaciones esenciales para acabar con el conflicto a las que Netanyahu se opone radicalmente.
Capitulación palestina
De modo que el plan de paz, que incluye también la completa desmilitarización de la Franja y el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización, es esencialmente un borrador para la capitulación palestina. Les niega a sus dirigentes soberanía alguna sobre el enclave, obligándoles a aceptar la tutela de un ‘gobierno’ extranjero. Elimina como objetivo inmediato sus aspiraciones nacionales, al afirmar —sin fijar plazos— que solo “cuando las condiciones se cumplan” se abrirá “un camino creíble para la autodeterminación y la estatalidad palestina”. Y ni siquiera garantiza la completa retirada israelí de Gaza. “Israel retendrá la responsabilidad en materia de seguridad, incluido sobre el perímetro de seguridad, en el futuro próximo”, dijo Netanyahu en la Casa Blanca. Ese perímetro tiene al menos 1 kilómetro de profundidad - dinamitado a conciencia-- a lo largo de toda la frontera común, lo que garantiza la oc
Y como se hizo en su día con la Declaración Balfour, refrendada después por la Liga de Naciones (el precursor de Naciones Unidas), Trump y Netanyahu quieren legitimar el plan trasladándolo al Consejo de Seguridad de la ONU.
La pelota está ahora en el tejado de Hamás, el único actor que queda por aceptarlo. El papelón es inmenso. Si lo acepta, pasará a ser dueño de sus consecuencias; si no lo hace, prolongará el calvario de su población, sometida a un genocidio, según las organizaciones de derechos humanos. Trump no le ha dejado más opciones. Si no hay acuerdo, dijo el lunes, “Israel tendrá todo mi apoyo para acabar el trabajo destruyendo la amenaza de Hamás”.
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