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La naturalidad de Pablo Aguado como arma de seducción masiva

Su elegancia, suavidad y cadencia se impone frente a un lote de distinta condición, paseando una oreja, mismo premio que Roca Rey, en una faena a más que acaba en terrenos de cercanías

Jorge Casals

Frente al ímpetu, calma; frente a la tempestad, armonía. Esa fue la receta de Pablo Aguado para adueñarse de la tarde y erigirse en principal protagonista. Acarició las embestidas del tercero de la tarde, un buen toro, quizá el mejor, de la desigual corrida de García Jiménez. Y frente al manso cierraplaza, suavidad y temple para ir encelándolo en los engaños y acabar toreándolo a placer.

La naturalidad como arma de seducción masiva a la que no se resiste ningún toro. Así ganó la batalla, con paz y calma en sus mueñcas. La difícil facilidad, ese toreo que parece no suponer esfuerzo alguno cuando es justamente todo lo contrario, porque hay que ser muy valiente y tener mucha confianza, para torear así de abandonado y entregado. Así toreó Pablo Aguado en Castellón. Delicatessen para paladares exquisitos.

Con cadencia meció su capote frente a su primero, que embistió con ritmo y buen son. La naturalidad se hizo presente, toreando sin crispación alguna. Buen puyazo de Mario Benítez. Después llegó un quite por chicuelinas que tuvo compás y aires sevillanos. Todo iba muy hilado, con el público muy metido en la faena de principio al final sin ningún tiempo muerto. Pareó con espectacularidad Iván García, que tuvo que desmonterarse junto a Sánchez Araújo. La importancia de la lidia se puso en valor, con un público disfrutando de todas las suertes.

Torero el inicio genuflexo de Pablo Aguado con la muleta, ligado con un molinete y un pase de pecho airosos. Buen toro el de Matilla, que metió la cara por abajo, incluso parecía reducirse en el embroque. Y a más. La obra estuvo presidida por la prestancia del sevillano, que todo quiso hacerlo con despaciosidad, aunque no mantuvo la intensidad del inicio. Los adornos finales tuvieron personalidad y aroma del sur. Mató de media lagartijera pero tuvo que echar mano de estoque de cruceta, perdiendo así el trofeo que tenía ganad, tan necesario para salir a hombros.

La ganadería

Corrida de desigual presentación, algunos muy terciados como el primero y el sexto de la tarde, este último muy protestado de salida. De distinta condición. Con opciones los tres primeros toros, a más. Algo distinta la segunda parte del festejo. El sexto, aunque manseó, tuvo importancia su embestida y su lidia.

Al último de la tarde lo pitaron de salida por su pobre presentación. Manseó en el caballo, escupiéndose rebrincado tras hacer sonar el estribo. Comenzó el público a intensificar su enfado con pitos y palmas de protesta. Dos puyazos se llevó el animal. Pablo Aguado lo había toreado bien en un bonito recibo por verónicas rematado de una media muy elegante y luego quitó por el mismo palo. Ahí comenzó el sevillano a vislumbrar un halo de esperanza. Apretaba a los adentros el toro en banderillas.

Tenía una papeleta Aguado frente al de García Jiménez, que solventó con oficio y no menos prestancia, así que las lanzas se tornaron cañas. Le cambió los terrenos de manera inteligente, le ganó el paso y la acción y logró sujetar la aquerenciada embestida. Con la muleta, siempre adelantada, giró sobre los talones y muy vertical consiguió hilvanar alguna tanda muy meritoria sobre la mano diestra. Escarbaba el toro y embestía a veces con disparo, eso sí, metía la cara abajo y quería siempre coger los vuelos. Muy torera y muy importante la actitud y la decisión de Pablo Aguado, que solventó los problemas y construyó una faena de nuevo presidida por el buen gusto y la naturalidad. Majestuoso el epílogo con estatuarios, cambios de mano, pases de la firma y el kikirikí. Una delicia. Mató de una buena estocada y esta vez sí, paseó una oreja de caro valor.

Los protagonistas

Manzanares

Vestido de nazareno y oro. Gran estocada en su primer toro que desató una fuerte petición, desatendida, siendo silenciado. También mató muy bien a su segundo, y tampoco salió a saludar, siendo silenciado.

Roca Rey

Vestido de gris plata y oro. Estocada casi entera un pelín trasera, siendo premiado con la oreja con fuerte petición de la segunda. Pinchazo bajo en su segundo antes de dejar una media estocada, siendo silenciado.

Pablo Aguado

Vestido de fucsia y oro. Mató de media lagartijera y descabello a su primer toro, siendo ovacionado en el tercio; y mató de una buena estocada a su segundo toro, cortando una merecidísima oreja.

Roca Rey, oreja

Roca Rey también tocó pelo frente a su primero. Tenía cierta aspereza el toro en su embestida, embrutecida al final de los muletazos, y primero tuvo Roca Rey que ir construyendo la faena poco a poco, domeñando al toro y templando su viaje. A mayor mando, más entidad tenía la embestida. Faena larga del peruano, buscando esa tanda rotunda que llegó al final en terrenos de cercanías. Con la puerta entreabierta, salió a descerrojarla, pero se estrelló con un animal sin entrega alguna.

El terciado toro que abrió plaza mostró desde salida tanta clase como falta de empuje, pero se vino arriba en la muleta y sacó raza, cogiendo los vuelos por abajo. Mejor embistió por el pitón izquierdo, y ahí lo entendió bien Manzanares. Lo mató de un espadazo y la petición de oreja fue desatendida. Abrevió con su segundo, que tenía pocas opciones, algo gazapón, sin romper adelante, sin fijeza… le costaba seguir la muleta y no siempre iba metido en ella. Se fue de vacío el alicantino.

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