El filósofo Kant en su obra magna comienza planteando unas preguntas que tienen plena vigencia en la actualidad: ¿qué puedo saber?, dice en primer término. Una pregunta de especial enjundia. Hoy, ante la disparidad de criterios de quienes públicamente hablan de cosas que nos conciernen, pero que no llegamos a entender, aparece el fantasma de la incomprensión, de la incertidumbre y de la sorpresa. Unos dicen --afirman taxativamente-- que tal cosa es cierta y la defienden con ardor; otros, los contrincantes, afirman con la misma rotundidad lo contrario. Y nosotros, los pobres oyentes, en el centro de la discusión, nos sentimos desorientados y decepcionados: no sabemos con qué carta quedarnos ni tenemos elementos para discernir quién tiene la razón.

La segunda pregunta no es menor: ¿qué debo hacer? Una cuestión netamente ética que nos obliga a tomar una decisión moral en busca de lo “bueno”. Pero, ¿qué es lo bueno en este caso del que conocemos escasamente algunas particularidades? Quienes, por otra parte, lo conocen mejor toman las de Villadiego para dirigirse por caminos tortuosos, pero, a la vez, fructíferos para su peculio personal. La información es poder y el poder se convierte en anómala economía corrupta.

En tercer lugar, el señor Kant se plantea una cuestión que, no por menos habitual, resulta más huidiza: ¿qué me es lícito esperar? Aparece implícitamente el problema de la muerte, del cambio de vida, de la trascendencia común para los mortales y absolutamente inevitable. Todos los seres vivos mueren -decía Pascal-, pero solo el hombre sabe que muere. Vamos a vivir más tiempo, dicen los gerontólogos, pero vamos a morir de la misma manera. ¿Y después? El enigma, el misterio, el nihilismo o Dios. Al final, todo acaba en el complejo problema humano: ¿quién soy? ‘Nosce te ipsum’, dice el antiguo adagio: conócete a ti mismo.

Finalmente, el filósofo, casi como conclusión o resumen, pregunta: ¿qué es el hombre? Un ser maravilloso, errático, contradictorio, “un lobo para el hombre”; es pensamiento, razón, espíritu, “descifrador de enigmas” (Ortega). Pero, también un ser que aspira a lo supremo, a la eternidad, capaz de grandes cosas y también de bajas miserias. Esta es la realidad más radical. H