TEATRO
Una comedia bárbara sobre los mecanismos del poder establecido
Mario Gas dirigirá el 7 de febrero el clásico de Harold Pinter ‘El invernadero’, en el Principal

Una comedia bárbara sobre los mecanismos del poder establecido
Eric Gras
En el mundo del arte y de la literatura existe un debate ancestral que versa sobre aquello que es real y lo que no. ¿El arte imita a la naturaleza? ¿El escritor describe la realidad a través de sus obras? ¿Los actores expresan sentimientos verdaderos sobre el escenario? Harold Pinter, premio Nobel de literatura, dijo una vez que “no hay distinción firme entre lo real y lo irreal; ni entre lo verdadero y lo falso”. Y añadía que “una cosa no es necesariamente o verdadera o falsa, sino que puede ser ambas: verdadera y falsa”. Todo es y puede no ser, en definitiva.
Somos seres desconfiados por naturaleza. Nos aterra pensar que todo cuanto vivimos carece de valor --ya se sabe, lo imaginado no tiene validez pues no existe-- y, sin embargo, necesitamos de la ficción, de la creación de algo superior que nos permita vivir, crecer, ser. La línea que separa lo auténtico o verdadero del fingimiento es muy fina, demasiada en ciertas ocasiones. Quizá por ese motivo, por tratar de delimitar la fantasía, juguemos a ser dioses a través de las artes y de las letras.
La literatura y, por ende, el teatro, nos ha permitido escapar hasta el punto de abandonarnos en los brazos de la otredad, ese sentimiento de extrañeza que asalta al ser humano tarde o temprano, porque tarde o temprano toma, necesariamente, conciencia de su individualidad. Y es que, en algún momento caemos en la cuenta de que vivimos separados de los demás, de que hay algo más allá de lo que percibimos o imaginamos. Aunque suene extraño, vivimos en una intensa confusión, de ahí que Pinter afirmara que no hay distinción firme entre lo real y lo irreal.
En la actualidad, pocos dudan del talento del autor británico, uno de los dramaturgos más importantes del pasado siglo XX. Su capacidad para crear climas inquietantes es patente, fruto de unos diálogos que nos ilustran sobre la imposibilidad de conocer la verdad, además de recordarnos que el ser humano es, para bien o para mal, un ser irreflexivo, violento y reprimido, un peligroso enemigos de nosotros mismos y de los demás. El teatro de Harold Pinter es un teatro que nos hace desconfiar, que difumina aun más si cabe la realidad, convirtiéndola en un simulacro de vida.
EL INVERNADERO // Pinter, muy listo él, supo crear muchos Pinter a través de su dramaturgia. Gracias a su estilo teatral, podemos decir que existen múltiples identidades de un mismo autor. En 1958 escribiría The Hothouse (El invernadero), una farsa negra, muy negra, trepidante, ácida y corrosiva. En ella, el poder, político y estatal en este caso, asoma, como dice Mario Gas, “su hocico maloliente y exterminador”.
Gas es el director de la nueva versión --realizada por el escritor Eduardo Mendoza-- de este ya clásico de la escena teatral que cuenta con la interpretación de actores de primer nivel como Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa, Isabelle Stoffel, Jorge Usón, Carlos Martos, Javivi del Valle y Ricardo Moya.
De texto “muy inclasificable”, tilda Mario Gas a esta pieza que está inspirada en la intervención soviética en Hungría para conjurar la revolución. “Es una especie de comedia bárbara sardónica sobre los mecanismos del poder y su incidencia en los seres y en los ciudadanos normales”, explicaba recientemente el también actor, quien no duda en confesar su fascinación por el “lenguaje tan peculiar, paradójico y cambiante de estilo del que siempre ha hecho gala Harold Pinter”.
La acción tiene lugar el día de Navidad. En una supuesta clínica o casa de reposo, el director de esta institución es informado por su ayudante de un suceso que desencadenará una crisis: la muerte del paciente 6457. Ese hecho, imprevisto, Pinter, descompone por completo lo que parecía ser una organización impecable y ejemplar para mantener el sistema. Todo parece venirse abajo, hasta los pacientes están a punto de escapar debido al descontrol. Como señala Mario Gas, “ese lugar balsámico y de rehabilitación es, en realidad, un espacio en el que se ha instalado el horror y la aniquilación psíquica y total, la negligencia y el desamparo y, cómo no, el asesinato, la desaparición impune, y el mutismo institucional”.
Harold Pinter logra desenmascarar el mecanismo del poder establecido, nos permite ver que éste es tan feroz y voraz que puede acabar devorándose a sí mismo. Volvemos, por tanto, a la farsa, a esa cortina de humo --malintencionada pero perfectamente planificada por los poderes fácticos-- que siempre se cierne sobre nosotros.
LA PECULIARIDAD // Para llevar a cabo esta obra, Mario Gas se ha rodeado de un plantel de actores elegidos expresamente para la ocasión. Fue durante la gira de Julio César, que pudimos ver también en Vila-real el pasado año, cuando él y Tristán Ulloa hablaron sobre la posibilidad de representar alguna de las obras del Nobel británico. Es por ello que decidieron reunirse con Gonzalo de Castro y Paco Pena para poner el proyecto escénico en marcha. Ahora sabemos que fruto de ese contacto nació una iniciativa que va mucho más allá de una mera representación teatral: el Teatro del Invernadero, que es ni más ni menos que un grupo de profesionales que siguen apostando por el teatro como un elemento crucial tanto estética como ética y metodológicamente.
Conjuntamente con el prestigioso teatro de La Abadía de Madrid nace este proyecto que pretende “mantener una temperatura constante, como ocurre en los invernaderos”, pues “en estos momentos de aberración política, intentamos conservar a temperatura estable nuestro compromiso de hacer buen teatro”, matiza Gas.
El próximo sábado, 7 de febrero, a las 20.30 horas, el Teatre Principal de Castelló albergará esta obra que invita a la reflexión. Será, sin duda, la gran representación teatral del trimestre invernal dentro de la programación de CulturArts. Ver sobre el escenario a ilustres como Ulloa o de Castro, dirigidos por Mario Gas y una versión de Eduardo Mendoza sobre una obra de Pinter no ocurre a menudo.
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