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Curiosa familia de viajeros, destacó por su vinculación al servicio de luz

 

25/02/2017

En aquella época en la que era habitual hacer una excursión familiar a Andorra, tuve ocasión de relacionarme amistosamente con Alfredo García-Petit, él aportando prestigio y popularidad en el hotel Montserrat donde el grupo de viajeros castellonenses nos alojamos. Yo ya tenía noticias de quien había ingresado como socio del Casino Antiguo el 1 de marzo de 1945 y de su peña habitual con otros seres humanos de Castellón como Víctor Beltrán, Manolo Traver, Pepito Arzo, Francisco Albella o el más joven de todos, Alfredo Pascual.

También me sonaba su vinculación al mundo de la exportación de naranjas y ello fue a menudo un tema de conversación. Tanto, que recuerdo su conocimiento y experiencia de las crisis naranjeras que por estas tierras hemos padecido a través de los tiempos. Me recordaba aquella famosa ‘crisis de la naranja’ que marcó una época y él situó en 1886, cuando tanto se habló de ello en las comarcas de la Plana. Entre las causas de las dificultades por las que atravesaban los productores, se citaban la creciente producción de los países competidores, como Italia y Estados Unidos, así como las tarifas de los transportes terrestres y marítimos.

Viajeros

Por parte de los padres de Alfredo, él descendía de la población valenciana de Benifairó de les Valls, junto a Sagunto, es decir, benifairencs, pero la ocupación familiar, que él heredó, de negociar con frutas y naranjas de modo especial, les hizo trasladarse a Castellón y aquí creció el chico. Aunque se hizo hombrecito en Barcelona, ya que los padres tenían también una gran vinculación con la Bolsa de aquella capital. Y junto a donde vivían, estaba el colegio de las monjas Dominicas Francesas con quienes Alfredo consiguió el título de bachiller.

Lo cierto es que, además de negociantes, los García-Petit eran muy viajeros, tal vez por ello se sabían de memoria media Europa, especialmente Francia, Alemania y el Reino Unido. Ello les obligó a aprender tanto el francés, como el alemán y el idioma inglés. Les apeteciera o no, era obligatorio para toda la familia. Pero añado la circunstancia de que, en el día a día, los García-Petit hablaban correctamente en valenciano. No es extraño puesto que desde hacía varias generaciones, los hombres de esta familia eran muy aficionados y practicantes al juego de la pilota valenciana, tan popular.

Los datos

Alfredo García-Petit Ramón nació el 8 de noviembre de 1919. Fueron sus padres Enrique y Amparo, que tuvieron dos hijos más. Y claro, se bautizaron como Enrique y Amparo. A su tiempo, el primero se casó con Maruja Victoria y la chica con Manolo Roses.

Y llegó un momento en que se conocieron Maite y Alfredo. Ella es de Vall d’Alba, hija de José Barrachina Crosante y Matilde Capdevila Ferrando. El señor Barrachina tiene también una pincelada familiar de empresario y comerciante en el mundo de las naranjas. Y cuando se trasladaron a Castellón, la chica y Alfredo se conocieron. Se cayeron bien al principio, pero pienso que lo que decidió el final es que, hablando de sus propias experiencias, surgió la noticia de que Mayte, aunque con una diferencia de tiempo, también fue alumna del colegio de las Dominicas Francesas de Barcelona, aunque, además del bachillerato, ella saltó a la Facultad y se licenció en Farmacia, aunque nunca se haya establecido con oficina propia. Y es que el que sería su marido, le dijo que si se casaban, ella no tendría obligación de trabajar ni ocuparse en nada más que en ser feliz con él.

La boda tuvo lugar el 10 de mayo de 1972, en el Ermitorio de Lledó. El agasajo postinero se celebró en el Casino Antiguo. Una boda a lo grande.

La vida familiar

La nueva pareja matrimonial, Alfredo García-Petit y María Teresa Barrachina, estrenaron piso en el nuevo majestuoso edificio de la calle Colón, esquina a la Avenida del Rey. Allí, el 11 de mayo de 1974, nació su único hijo, también Alfredo, que estudió Derecho, abrió su despacho en Castellón y también en Valencia y en Alicante. Un viajante más en la familia, que aportó tres criaturas nuevas a los García-Petit, Rodrigo, Alfredo y Olivia. Todos sienten como suyas las fiestas de la Magdalena y todos hablan con naturalidad en valenciano. Alfredo hijo, también se ha convertido en empresario, además de su gestión diaria como abogado. Él me habla también del comercio de la naranja, del barco que negoció su padre para las exportaciones y también de su participación en los servicios eléctricos en Castellón, con decisiones en la Lute y propiedades en el conocido Ingenio situado en la avenida de los Hermanos Bou. Nunca ha olvidado que el sector citrícola es una rama básica de nuestra economía provincial. Y, al igual que su padre, también inscrito en asociaciones que tanto saben de los supermercados de Europa, de la Fruit Logística de Berlín y de la gestión de las cooperativas y, echando la vista atrás, de lo que supuso para estas comarcas el aterrizaje del maná naranjero.

Los puros

Contemplando sus actividades, es notoria la dinámica y agitación de la vida de García-Petit, nuestro protagonista de hoy. Sus múltiples viajes por tierra, mar y aire. Y era poseedor de una nota, que me enseñó en alguna ocasión, con la que me habló de las diligencias de épocas pasadas, especialmente las que salían cada día de Castellón, desde las posadas de San Juan, San Pedro, de la Estrella y desde la plaza de la Unión. Incluidos los horarios, hablaba de las diligencias a l’Alcora, Almassora, Benicàssim, Benlloch, Borriol, Burriana, Cabanes, Cuevas de Vinromá, Llucena, Nules, Onda, Puebla Tornesa, Torre Endoménech y Vila-real.

Era un documento que estimaba tanto como a los caballos percherones. Y una de sus características era su ilusión por los puros habanos, especialmente por los Montecristo número 3, que se fumaba por cualquier motivo o circunstancia vital. Tenía tan organizada su vida, que llegó a decirme, muy en serio, que nunca se jubilaría. Lo cierto es que Alfredo García-Petit Ramón falleció el 13 de noviembre de 2003, a los 84 años de edad. Ya es sabido que en tiempos pasados un viaje de Castellón a Roma podía durar alrededor de un mes. El viaje de García-Petit por la vida, le ha durado tantísimos años…