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La gestión municipal propició la creación de la Fundación Fandos

 

01/04/2017

En la ciudad de Burriana y en el número 48 de la calle Barranquet, hay una preciosa casa de estilo modernista, donde, por deseos de su propietario, se estableció la cultural Fundación Fandos, donde la corporación municipal decidió rendir homenaje al artista vecino Manuel José Martí Fandos, cuyo nombre artístico es el de Manolo Fandos, como bien se sabe ya en todas partes. En aquel acto público del año 2000, tuve ocasión y la satisfacción de estar presente y quedar fascinado por el personaje y su arte pictórico.

Y es que, hasta entonces, toda su trayectoria vital y artística presenta una apasionada evolución, con etapas muy diferentes que reflejan una vida entusiasta y el deseo de transmitir sus emociones, en cada momento, con espontánea y especial sinceridad.

Sus dibujos son de perfiles simples, a menudo caricaturescos, tiernos y agrios a la vez. Al filo del tiempo, permanece igualmente me atrevería a decir que indócil, expresando su clamor interno a favor de unos valores y de unos objetivos de los que nunca abdica. Su pintura está compuesta por formas con que despierta la mañana su luminosa irrealidad, como lúdicamente expresó el poeta, autor del poema Al Dios del lugar, que tanto le hizo soñar siempre al burrianense.

Hombre dotado

El conservador del Museo de Arte Moderno de Barcelona, Jaume Soler, dejó escrito lo siguiente:

— La pintura de Fandos, sin intención de caer en un panegírico desprovisto de contenido, cabe verla y estudiarla con la atención debida. Con la convicción del entendido o del delectante que sabe ver y sabe interpretar un lenguaje, el suyo, rico en matices, armónico, sugerente y, lo que es más importante, humano, basculando entre la abstracción y el figurativismo, entre la novedad y la tradición, o todo a la vez.

Su vida es una aventura, casi de película. Burriana, Barcelona, Ibiza, París, de nuevo Burriana y, en medio, los años de la guerra civil, que arrancó cuando él era un niño. Y en todas partes, aprendiendo a encontrar lo que necesitaba su vocación de artista pintor. El genial Picasso le enseñó no a buscar, sino a encontrar. La sola posibilidad de obra a desarrollar estaba en ello. Y supo también que la clave estaba en abordar la idea de un cuadro, un estilo propio, era hacerlo de forma repetitiva. O buscar una nueva, ni más ni menos. Lo cierto es que se dio cuenta de que era un singular ser humano dotado para la pintura y se entregó al máximo a ello.

Su padre

El padre del pintor fue el autor del ya famoso chascarrillo fallero, de «Burriana, París y Londres» para criticar, desde su altura de personaje de gran nivel, las pretensiones del pueblo, ya que en 1928 sus calles carecían de adoquinado y aparecían fangosas e intransitables con las lluvias y el paso de las caballerías. Eso al menos es lo que declaraba el señor Bautista Martí Felis, que así se llamaba el padre. El chico nació en Burriana ese mismo año de 1928, el día 18 de marzo. De todas maneras, Burriana era por aquel entonces, emporio próspero de la actividad exportadora naranjera. Y como el día 19 de marzo era el día de fiesta distinguida en Valencia con sus famosas fallas, también en Burriana, por decisión y empeño del señor Martí, junto a un pequeño grupo de amigos y vecinos, se produjo la primera plantà de una primera y rudimentaria falla. Alguien comenta que fue como una humorada juvenil y la falla se pergeñó en pocos días en el almacén del establecimiento de granos que la familia Martí regentaba con buenos resultados económicos.

La falla se plantó en la plazoleta de La Merced, frente a la iglesia parroquial del mismo nombre, donde el pintor fue bautizado. Y nombrado el primer Fallero de Honor, el día en que nació.

Vida privada

Al contemplar su vida, se observa que hijo de una familia acomodada, fue al colegio al tiempo en que apareció la dramática guerra civil española y sus circunstancias obligaron a los Martí Fandos a trasladarse a Barcelona, un poco de tapadillo. Por una u otras causas, Manolo permaneció soltero toda su vida. No se casó. Claro que me aclaraba su situación:

—Tuve varias novias, me emparejé con alguna que otra chica, pero nunca llegué a casarme. Y, claro, no tuve descendencia.

Sus sentimientos, sus intenciones, afloran a través de varias capas superpuestas, como viscerales entresijos de una realidad que descubre y describe con la firmeza de sus pinceladas y la intensidad, muy medida, de los colores, a cada color la suya.

En sus cambios de ubicación permanentes, Burriana, Barcelona, Melilla, París, Ibiza… hubo destellos que llamaron la atención de unos y otros, por ejemplo de don Federico Mayor Zaragoza que se preguntó en su escrito el porqué la isla de Ibiza le inspiró acrílicos cilíndricos, casi militares, esperpénticos. Y se contesta a sí mismo: «Tal vez porque quizás frente al mar, en la paz ibicenca, aborrecía más la maquinaria de guerra y las amenazas que se cernían sobre ellos en aquellos años posteriores al conflicto bélico».

Barcelona

Manolo tenía 13 años cuando la familia se instaló en el Barri de Ribera (Santa María del Mar), donde estaba situado el Mercado Central, el Born. Y en su casa, abrieron una tienda de venta de frutas al por mayor. Vivieron en un piso amplio y casi nuevo en el hoy llamado Passeig Picasso.

Comenzó sus estudios artísticos en la Escuela de Artes y Oficios y después, ya en grado superior, en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona, en la calle Avinyó, en la misma calle donde en tiempo pasado, inspiró a Picasso su famoso cuadro Las señoritas de la calle Avinyó, que los franceses denominan Les demoiselles d’Avignon. Manolo consiguió trabajo de ilustrador de editoriales de material infantil con la ventaja de poder realizarlo a domicilio y combinarlo con sus estudios. Y obtuvo el diploma de fin de carrera en junio de 1957, justo antes de marchar a París. Además de convertirse en pintor, tuvo en 1961 la experiencia de realizar los decorados de la obra Le Gardien del autor inglés Harold Pinter, que se montó en el Theátre de Lutèce, en la Rue Jussieu, en el centro de la Ciudad de la Luz.

París y el amor, casi siempre van unidos. A Manolo le florecieron contactos sentimentales y siempre recuerda con ternura a la muy hermosa Mirella…