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Los hornos tradicionales forman parte de nuestra historia más entrañable

 

03/06/2017

Entre las páginas de mis Seres Humanos, se han registrado ocasiones en que he tenido que hablar mucho de mis propias experiencias, o sea, de mí mismo. Me he visto obligado alguna que otra vez, aunque los nombres de los Seres Humanos que aquí van apareciendo sean los protagonistas de la historia de Castellón, con sus propios hechos y sus comparecencias públicas. Por ejemplo, para hablar del pan como hoy, he de insistir en que yo me fui haciendo hombrecito viviendo en casa de mis abuelos paternos, Pedro y Paulina, en la calle Gobernador, y yo tenía el encargo --obligatorio-- de ir cada día a por el pan. Iba casi siempre a la panadería de Rosario, en la placeta de Hernán Cortés, esquina a Campoamor. También muy a menudo al horno de Paco Miralles en la calle de Antonio Maura, que en tiempos remotos se llamó calle del Forn de Reus, refiriéndose al horno que allí había y que don Vicente Traver ya lo cita como del siglo XVI en su libro Antigüedades de Castellón, historia auténtica.

Y, de vez en cuando, si había que añadir rosquilletas por cualquier circunstancia, solía ir a la calle Mayor, al Forn de Castillo, donde con el tiempo, me encontré con Margarita, conocida popularmente como La Mustia, cuya historia está incluida en mi libro Mis amigos y otros seres humanos.

Tiempos antiguos

Bueno, el hecho es que, en tiempos antiguos, tal vez hasta finales del siglo XIX, las panaderías no existían conforme las conocemos hoy, ya que los hornos, que sí son antiquísimos, eran propiedad de los ayuntamientos y se alquilaban a los horneros o panaderos para su mantenimiento y explotación. Y es que los ciudadanos pastaban el pan en su casa, cada cual a su manera y lo llevaban después al horno para que se cociera. En realidad se puede entender la palabra horno, al propio recinto cuando se somete a la acción del calor intenso producido por cualquier procedimiento alguna cosa para que se ase, cueza o sufra otra transformación. Generalmente es cuando hablamos de una cocina de leña o carbón. Ya es sabido que, cuando hablamos de pan, hay que tener en cuenta que primero se ha de preparar la masa madre, para comenzar la labor de elaboración a través del conocido como horno moruno. Los profesionales, me han insistido en que la clave está en la elaboración primera. En el horno de los Adell y los Fuentes me han dejado husmear y mirar el mágico horno, una joya que mide como unos cuatro metros y medio de profundidad, como un escenario teatral de fuego y calor, lugar muy protagonista.

Los Fuentes

Deliberadamente hago protagonistas de esta historia a las gentes que han ido conformando la familia Fuentes. El padre de familia era miembro del Cuerpo de la Guardia Civil, con gran actividad profesional y familiar entre 1932 y 1936, al comienzo de la Guerra Civil. Cuando todo pasó, Enrique Fuentes fue destinado a Castellón en 1942, con presencia en la Casa Cuartel de la Guardia Civil de la calle Félix Breva, donde yo tuve ocasión de ir conociendo a toda la familia, con mi relación callejera con los jóvenes, en aquel entorno donde también vivieron mis dos familias, la de mi padre en el propio cuartel y la de mi madre en el bar de mi abuelo materno, Tomás Sabater. En aquel grupo callejero recuerdo a ‘Danielo State Keto’, Javier Monfort, los Chaparra, Marcial el del bar Ribesalbes, los Segarra, Manolo Tena el que sería futbolista profesional y otros Manolos, igual que gran número de chicas del vecindario, además de a todos los Fuentes, claro.

Por todo ello, cuando Xavier Gimeno, que escribe y lo hace muy bien, me tentó para que yo escribiera sobre el origen de los hornos y del pan, me fui de visita al más antiguo de los hornos de leña de Castellón y allí me encontré con uno de los Fuentes, Manolo, amigo desde la infancia.

El horno de Adell

Después de haber sido dependiente de comercio en la prestigiosa industria de J. y J. Dols, con diaria asistencia a la calle del Maestro Chapí, Manolo Fuentes conoció a la hija de los Adell, muy experta muchacha en la manipulación de las harinas en el entorno de un legendario horno de leña. Alfredo Adell Bellés fue el primer propietario de ese mítico horno situado entre las calles Alloza y Maestro Chapí, con documentos que hablan de su funcionamiento desde el año 1875. Bueno, pues, el 17 de mayo de 1956, contrajeron matrimonio Fina Adell Llansola y Manuel Fuentes Amela. Ella ha seguido y sigue todavía, siendo el espíritu y la protagonista del horno-panadería, pero Manolo aprendió con ella y en cuatro días, el oficio repleto de amor por el horno y su leyenda. Sus padres, Enrique Fuentes Vivas y Amelia Amela Centelles habían nacido en Benassal, pero nunca se les ocurrió pensar que un hijo suyo sería a estas horas el más veterano y avispado panadero, experto en hornos. Para que no se me escapen detalles de la historia, diré que el sacerdote contrayente de la boda fue el Rvdo. Don Eugenio Meseguer, cordial amigo mío. Con el tiempo, nacieron tres hijos. Josefa, Inmaculada y Manolo.

El Maestro Chapí

Al día de hoy, Manolo Fuentes Adell ya domina el timón y los secretos del horno de leña, se ha casado con Raquel Ferragut y son los padres de Estrella y Juan Manuel, que juegan cada día, sueñan y esperan el futuro en la propia calle del Maestro Chapí, del que también cuento la historia. El legendario farmacéutico don Vicente Calduch Almela (1887-1969), desempeñó durante años el cargo de concejal del Ayuntamiento, encargado de poner el nombre a las calles de la ciudad. Hombre culto y enamorado de los autores de música de zarzuelas, consiguió que fueran apareciendo en nuestro callejero los nombres de los doctores Ferrán, Roux y Servet, del profesor Alegre Renau, de los escritores Espronceda, Quevedo y Echegaray, pero de modo especial de los maestros Arrieta, Bretón, Caballero, Giner y Ruperto Chapí, el autor de La revoltosa y El rey que rabió. El farmacéutico, cada día al salir de su farmacia de la calle de Enmedio, dirigiéndose a su casa en la calle de Alloza, cruzaba por la calle Chapí, donde lucía una hermosa placa del compositor y a él se dirigía con la gozosa exclamación de:

—¡Bon día, mestre…!

En el ambiente, aparecía el calor y el aroma de un horno.