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«Si no tomo café me duele la cabeza»

 

«Si no tomo café me duele la cabeza» -

12/04/2020

El despertador no suena. Nos despiertan nuestros hijos, como casi siempre. Son muy madrugadores. Desayunamos leche con valencianas y café. Mucho café. Si no tomo mi dosis diaria de cafeína me coge dolor de cabeza. Cefalea, migraña, jaqueca o como se llame. Se me agarra al cráneo como el octavo pasajero y me joroba el día. A mi amigo Enric también le pasa, aunque él toma trece o catorce cafetitos por jornada. Yo solo necesito uno o dos.

Entro en el grupo de wasap de los amigos del colegio de mis hijos y veo que anoche Fernando y Lidón, los padres de las gemelas, nos mandaron una imagen brindando con cerveza. Me parece que es una pilsener, aunque no entiendo mucho de birra. Gustavo también me ha mandado un mensaje. Me pide que escriba sobre el sexo en la cuarentena. Pienso en escribir algo lúbrico, sucio, excitante y morboso. Lo comento con mi mujer y me dice que me deje de hostias, que le daré un disgusto a mi madre si entro en esos temas.

Así, entre pitos y flautas, pasa la mañana. Leo a Saramago, subo un par de vídeos a Facebook y recomiendo un par de cositas buenas. La vida se reduce a esto.

A las 13.00 horas me echo la siesta del borrego. Sueño con un mundo mejor. Uno en el que el Gobierno central dice la verdad, siempre. En el que los Gobiernos autonómicos no mienten ni escurren el bulto, jamás. En el que las Diputaciones invierten su dinero en el interés general. En el que todos los Gobiernos municipales saben qué necesitan sus vecinos en estos tiempos de cólera. Un mundo mejor, sin duda.

Cuando despierto, Patricia me escribe un mensaje preguntando por las verduras de la paella. Le recomiendo no echar los tirabeques hasta que el arroz esté casi listo. Son deliciosos si quedan un poco duritos. Es una pena si se deshacen como harina. Entonces recuerdo la receta del Tigre. Antes de sofreír la carne hay que freír la alcachofa, para que deje su sabor en el paellón. Sí, en el paellón, ¿qué pasa?

Después de comer nos ponemos a ver La casa de papel. Caen cuatro episodios del colpet. A palo seco. Sin anestesia. Esto es de locos. Mi mujer está enganchada. Ella, que apenas ve la tele por hacerme compañía.

Leo en redes que los del cine español, esos que se llaman a sí mismos «la cultura», como si la literatura, la poesía, la pintura, el teatro, la música clásica, la danza, la escultura o tantas y tantas otras disciplinas no fueran «cultura», han desconvocado ese engendro llamado «silencio cultural». Algo les habrá prometido el Gobierno, pienso. Espero que estas otras disciplinas artísticas no sean olvidadas, no queden relegadas, como tantas veces ha sucedido antes.

Bajamos a Mercadona a hacer la compra. La cola en la calle es de veinte personas así que optamos por una retirada estratégica. Nos tocará pasar el puente con lo que hay en casa. Me encanta la idea. ¡La imaginación al poder! Cocinaremos pasta con mejunjes inventados en el momento. Haremos carne a la plancha de la que está preparada para guisos y viceversa. Va a ser toda una experiencia culinaria, que contaré aquí, naturalmente.

Cuando oscurece selecciono Prime Vídeo. Amazon se ha puesto las pilas y ha estrenado los últimos días varias series y películas. Vemos una de ciencia ficción que no está mal. Podría haber sido peor. Y así nos dan las 20.00 horas y salimos al balcón a aplaudir.

El día termina sin que haya escrito ni una sola línea de mi nueva novela. ¡Maldito virus!

*Escritor

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