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Reportaje a la contra

Castellón engrandeció la leyenda de Victorino

 

Admirado, respetado, querido... y amado. Victorino conquistó a los aficionados castellonenses de la plaza, de la calle... y hasta el corazón de Maite Cachero, con quien compartió un feliz pedazo de su vida. - ALBERTO DE JESÚS

Admirado, respetado, querido... y amado. Victorino conquistó a los aficionados castellonenses de la plaza, de la calle... y hasta el corazón de Maite Cachero, con quien compartió un feliz pedazo de su vida. - ALBERTO DE JESÚS

JORGE CASALS
09/10/2017

Castellón todavía llora la muerte de Victorino Martín. Hace apenas unos días que enmudecieron los cencerros en Las Tiesas y aún está muy presente el recuerdo al mejor ganadero de todos los tiempos, que dejó en esta tierra una huella imborrable de amor, pasión y sobre todo bravura. Lo tenía todo para calar en esta provincia y así lo hizo durante el último medio siglo. La sinceridad de un discurso puro y claro sobre la Tauromaquia, su defensa íntegra del toro como base del espectáculo y sobre todo la crianza de un animal bravo y único que devolvió la emoción, fue lo que conectó con el aficionado de Castellón, tanto el de la plaza como el de la calle, muy identificado este último con su ideal de hombre de campo, socarrón, gorrilla ladeada y amante de la pana más que del paño. Así era él.

Conquistó el corazón de los aficionados, en especial, el de Maite Cachero, una buena taurina castellonense con quien acabó casándose en segundas nupcias. Una relación que acabó uniendo aún más al ganadero con Castellón.

La primera vez que Victorino lidió en esta plaza fue el 14 de junio de 1980, concretamente un toro para una corrida concurso que fue estoqueado por Raúl Aranda. Durante los 80 lidió alguna corrida más, destacando la de la Magdalena del 86, primera en lidiarse seis toros completos, en la que Ruiz Miguel, torero que fue pieza clave en esta ganadería, acabaría saliendo a hombros tras imponerse a Buenatela, una auténtica «alimaña», como él mismo bautizó al toro fiero de la A coronada.

Su época de esplendor en esta plaza llegó en los 90, cuando Enrique Patón tomó las riendas como empresario y supo, hasta el final de su mandato, darle al aficionado de Castellón la emoción y el espectáculo de la bravura que tanto demandaba. Los victorinos acabaron convirtiéndose en un clásico en Castellón. Fue la cita irrenunciable de la Feria de la Magdalena desde 1994 hasta el 2013 de manera ininterrumpida. La base de los carteles, la salvación económica y artística de muchas ferias. Cabeza de cartel, la única divisa capaz de acaparar mayor protagonismo que los toreros. ¡Vamos a ver los victorinos! aclamaba la gente en feria. Tal fue su peso durante la temporada que El Juli, tras quedarse fuera de Fallas por un pulso empresarial, tuvo que recurrir a la gesta de matar los albaserradas en Castellón para poder alzar la voz. Y lo hizo triunfando. Aquella tarde del 30 de marzo del 2000 ha sido hasta hora la última en la que se ha colgado el No hay billetes. ¡Eran otros tiempos!.

La expectación llegó hasta las calles. Las mejores fiestas de los pueblos más importantes buscaron a los victorinos para dar categoría al cartel. Y Victorino siempre les correspondió y les defendió. La Manifestación del 15-F fue un claro ejemplo. En el 2014 recibió un homenaje de La Revolera y su escueto discurso resumió su vinculación con esta tierra: «Quiero mucho a Castellón».

redaccion@epmediterraneo.com