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Estado y nación

 

DOMINGO García Marzá
15/09/2017

Antes del siglo XVIII, las naciones eran comunidades de procedencia, integradas geográficamente y que compartían un idioma y tradiciones y costumbres comunes. Pero no por ello pretendían poder político alguno. Es el nacionalismo el que da el salto del linaje o la lengua a la política. Y ahí está el problema, porque ya no hablamos de derechos y deberes, sino de herencias, leyendas y banderas. Su fuerza radica en su habilidad para construir un sentimiento de identidad entre las personas al margen o por encima de otras lealtades colectivas tradicionales. De ahí la importancia hoy de las mal llamadas televisiones públicas. Pero el estado democrático, aunque también requiere lealtad y sentido de pertenencia, no tiene su origen en la lengua o en los genes, sino que es fruto de la voluntad común, del acuerdo por el que todos dejamos parte de nuestro poder en manos de un mismo orden legal. El estado aparece como el garante de la ley y por eso es político por naturaleza: necesita poder para tomar decisiones que vinculen a todos, para lograr una sociedad justa.

Ambas realidades son necesarias y complementarias, pero no acaban de entenderse. En mi opinión, un estado federal es la mejor solución para un estado plural con diferentes nacionalidades. Pero la palabra estado implica, si es democrático, igualdad de derechos y deberes, de recursos y responsabilidades. No puede haber un federalismo asimétrico igual que no puede haber una justicia que no sea igual para todos. No sería ya justicia. Asimetría es lo que ya tenemos. ¡Qué nos pregunten a los valencianos!

*Catedrático de Ética