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Reportaje a la contra

«Pel caminet baixa Quelo en sarieta costalera...»

 

Vicente Zaragoza se encargó de explicar cómo se utilizaban las moles de piedra. - MIRA

El grupo de ‘Voluntaris pel patrimoni’ de la Vilavella se ha encargado de limpiar y recuperar las piedras ‘picaores’ del Calvario. - MIRA

MÒNICA MIRA
19/01/2018

Hay quien todavía lo recuerda. A la salida del colegio, los niños acompañaban y muchas veces ayudaban a sus madres mientras hacían trenella y cordell, al tiempo que los hombres picaban el esparto que después utilizaban para realizar de manera artesana las alpargatas. Solían hacerlo al ritmo de canciones populares, para amenizar la faena, porque sus propias cuerdas vocales y el golpe del mazo sobre la planta original y la roca eran su única banda sonora.

«Pels caminets baixa Quelo, en sarieta costalera, descalç que no du espardenyes i en una manta cendrera». Estos mismos versos volvieron a cantarse hace unos días en la Vilavella, para recordar aquella época en la que el de espardenyer era uno de los oficios con los que se ganaban la vida muchas familias de la población y del que, desde hace unos años, existe un fiel testimonio en el museo que se dedica a estos artesanos, cuya visita tiene ahora un curioso e interesante complemento al aire libre.

En el camino del Calvario, desde hace unas semanas, se pueden ver con claridad un conjunto de ocho piedras de gran tamaño, agrupadas y dispuestas estratégicamente. Su presencia allí no es casual. Mucho menos al conocer el empeño que varios vecinos dedicaron al limpiarlas para hacerlas visibles. Y uno puede preguntarse: ¿para qué tanto esfuerzo por unas piedras? La concejala de Patrimonio, Loles Orenga, lo tiene muy claro. «Porque forman parte de la historia de la Vilavella», destaca.

El grupo de Voluntaris pel Patrimoni se encargó de recuperar las pedres picadores que los espardenyers utilizaban en su trabajo. Pedazos de roca de cuya existencia se tiene constancia al menos desde 1908. Hace unos días, como se hacía antaño en el mismo lugar, Vicente Zaragoza recordó cómo se transformaban unos rastrojos en cuerda a base de pesados mazazos con los que cincelaron la identidad de su pueblo.

mediterraneo@elperiodico.com