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La Suavina, una pomada de tres siglos ‘made in Castellón’

 

El tataranieto y bisnieto del fundador, que también se llaman Vicente Calduch. - MANOLO NEBOT

El tataranieto y bisnieto del fundador, que también se llaman Vicente Calduch. - MANOLO NEBOT

RAFAEL FABIÁN
02/12/2018

Cuenta Vicente Calduch que muchos turistas pasan hoy por su farmacia con una curiosa lista de cosas que hacer en Castellón: «Nos dicen que tienen que comerse una paella, probar el cremaet y comprar un bote de Suavina». Lo cierto es que la vinculación de este popular bálsamo labial con la provincia viene de muy lejos. Concretamente, de 1880, que fue cuando el tatarabuelo del citado farmacéutico, llamado Vicente Calduch Solsona, inventó el Ungüent de Vila-real, como se conocía en sus inicios al producto.

Antes incluso de que Calduch Solsona fundara su botica en la calle Mayor de Vila-real a finales del siglo XIX, ya poseía una en les Useres. «Como en todas las farmacias de la época, por aquel entonces elaboraba productos propios y entre ellos destacaba un bálsamo labial creado para los recolectores de naranjas con el fin de reparar sus labios, caras o manos, dañadas por el frío y el viento. Se llamaba Ungüent de Vila-real y la fórmula era exactamente la misma que se usa hoy en día para la Suavina», relata el último Calduch de la saga desde la apoteca en el centro de Castellón.

El patriarca Calduch Solsona tuvo cuatro hijos, que fueron quienes difundieron las bondades de la pomada más allá de Vila-real. «El mayor se vino a Castellón, a la farmacia que aún conservamos hoy. Otro era el tío Pepe, que fue quien fundó el Villarreal CF. Después, Manuel, que era botánico, se fue a Barcelona, mientras que Álvaro se instaló en Almassora». Todos, con su correspondiente establecimiento en el que no faltaba la Suavina, que adoptó ese nombre cuando toda la producción se unificó en Castellón, ya en los años 20.

«El laboratorio lo teníamos en el mismo sitio que ahora, en la farmacia, pero mi bisabuela se encargaba de llenar los tarros de madera y estaño manualmente en su vivienda de la calle Alloza, donde ahora está instalada la tienda de Higinio Mateu», rememora Vicente.

Triplican la producción

Una de las características de este producto castellonense al 100% es el de su frasco, rediseñado hace un par de años manteniendo la esencia original: «Ahora, aunque el producto es el mismo, hemos industrializado el proceso. No se tienen que fabricar uno a uno, lo que nos ha permitido triplicar las unidades de 140.000 a 400.000 al año». El impacto que Suavina tiene en el mercado local y nacional no ha pasado desapercibido para los inversores, que «han intentado comprar la marca en alguna ocasión», pero los lectores/consumidores pueden estar tranquilos. La Suavina, como el Fadrí o las rosquilletas, seguirá ligada a Castellón: «Nunca vamos a desligarnos del producto. Es curioso que donde más lo vendamos sea aquí, que no es precisamente una zona fría, pero cada vez estamos vendiendo más en España y ya llegamos a Inglaterra, Alemania, Noruega, Estados Unidos, Canadá o Australia». En estos países, curiosamente la pomada no se adquiere en farmacias como en el territorio nacional, sino en tiendas de productos vintage. «Hay un boom en el extranjero de los productos españoles, sea por su calidad o por su imagen, y nos estamos beneficiando», apostilla Vicente.

Sobre el secreto de la composición de la Suavina, y sin querer entrar en detalles, el farmacéutico de la familia Calduch, que colabora con la Asociación Síndrome de Down, confiesa lo siguiente: «La clave está en la mezcla de aceites que produce ese perfume característico. El ingrediente principal es la vaselina que combinamos con aceites esenciales de mentas y cítricos que son los que dan estas cualidades inherentes al producto».

rfabian@epmediterraneo.com