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Análisis

El arte de lo posible

 

Antón Losada
12/11/2019

Así define la política Les Metcalfe, el agudo politólogo británico. Vamos a tener ocasión de comprobarlo en los próximos días en España, donde todo parece casi imposible el día después del 10-N. Para echar las cuentas de la gobernabilidad conviene analizar primero qué ha cambiado en el contexto. Varias cosas parecen las mismas que facilitaron el bloqueo en julio pero, en realidad, han cambiado drásticamente.

Para empezar Pedro Sánchez ya sabe que, o gobierna con estos números, o no gobierna. Se acabaron las ensoñaciones de estratega. Es hoy, aquí y ahora o sabe Dios. Los socialistas no han conseguido un triunfo. Les han dado una segunda oportunidad, que no es lo mismo. Solo Vox y alguien extraordinariamente estúpido forzaría unas terceras elecciones que solo convienen a la derecha extrema. El coste del bloqueo se ha disparado. Ciudadanos ya no tiene fondos para afrontarlo, Podemos está agotando sus ahorros y los socialistas no pueden permitírselo.

En estos tiempos de simplezas las simplificaciones funcionan. Votar contra Sánchez es hoy ir de la mano con Vox. Algo que, les guste o no, ni el independentismo catalán ni el vasco pueden permitirse con sus elecciones autonómicas en el horizonte. Habrá tantos candidatos a abstenerse y dejar que pase de ellos el cáliz de votar con Santiago Abascal, que la barrera de votos que Sánchez necesitará para investirse en segunda vuelta bajará notablemente. Los 168 apoyos que podría sumar con la izquierda, el PNV y los partidos pequeños serían suficientes. El candidato socialista tiene margen para elegir si busca implicar a los nacionalistas catalanes, o negocia con un Ciudadanos sin Albert Rivera y con la urgencia de volver al centro para sobrevivir.

La negociación con Podemos no resultará fácil. Pero la cara de Pablo Iglesias la noche electoral reflejaba que sabe que debe intentar un Gobierno de coalición, pero carece de cartas para mantener la jugada. Ambos han salido escarmentados por su incapacidad para acordar. Pero el castigo morado ha sido más duro. Para ellos también es aquí y ahora o nunca. Sánchez puede sentirse tentado a explorar la posibilidad de pactar su investidura con Pablo Casado, pero para los populares eso significaría ofrecerle gentilmente la yugular a una ultraderecha que cabalga a lomos de antisanchismo. Únicamente acordar a su izquierda y con los nacionalistas le permite aspirar a la mayoría que necesita para poder sacar adelante leyes y presupuestos.

Hay otra cuestión en la legislatura al menos tan importante como la gobernabilidad. Un millón de votantes de derechas vagan a la deriva y el liderazgo de Pablo Casado no ha sabido atraerlos ni garantiza que la sangría se detenga. El partido ultra que veta periodistas constituye hoy un problema para el PP, no para el sistema. Pero puede acabar siéndolo si se le sigue cediendo a la derecha extrema la iniciativa y el control de la agenda política mientras no se le planta cara por miedo a perder un puñado de votos.