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Iglesias y el error catalán de Podemos

 

27/12/2017

La dirección de Podemos ha entrado en estado de hibernación, salvo para criticar el lunes el mensaje del Rey, tras los muy malos resultados --sobre todo en función de las expectativas generadas-- de Catalunya en Comú-Podem. Las listas encabezadas por Xavier Domènech, impulsadas por Ada Colau y respaldadas por Pablo Iglesias, perdieron tres escaños (de 11 pasaron a 8), obtuvieron 323.695 votos (40.000 menos que el 27-S del 2015) y dejaron al partido en el quinto lugar del ranking catalán tras haber ocupado el cuarto.

Los comuns y los morados han sido, con la CUP y el PP, los grandes perdedores de los comicios catalanes. Se esperaba de ellos que llegasen a arbitrar el futuro del Govern de la Generalitat y se han quedado sin un papel relevante dada la nueva correlación de fuerzas. Se espera ahora la autocrítica seria de Domènech y de Colau en Cataluña, pero en Madrid hay impaciencia por saber cómo explicarán Pablo Iglesias, Irene Montero y Pablo Echenique su fallida apuesta por la ambigüedad de la oferta electoral de los comuns catalanes.

Mucho antes de las elecciones, los sondeos --en particular el CIS de noviembre-- han venido situando a Podemos alejado del PSOE y a Ciudadanos pisándoles los talones. El pasado 1 de diciembre, veinte días antes de las elecciones, el catedrático de Filosofía José Luis Villacañas --un auténtico tutor de Podemos desde su fundación aunque alineado con las tesis de Iñigo Errejón-- se preguntaba (en El Mundo) ¿Por qué baja Podemos?. Sus conclusiones eran claras: Podemos ha ido a remolque de Colau, su indecisión entre reforma y ruptura le ha situado en «un lugar inviable» y proyecta una imagen, una sensación, de «partido conflicto».

Escribe el académico que la victoria de Iglesias en Vistalegre II (febrero de 2017) se ha convertido para Podemos «en una condena». Villacañas ya había publicado meses antes un ensayo titulado El lento aprendizaje de Podemos (Catarata) en el que sostiene que en la última asamblea de los morados «fue un paso atrás» porque con Iglesias triunfó «lo fácil, lo convencional y lo visceral».

Pablo Iglesias ha despreciado no solo las advertencias de un hombre intelectualmente comprometido como el profesor Villacañas, sino que ha suprimido fulminantemente como disidencia la mera discrepancia. Lo ha hecho de manera especialmente aviesa con Carolina Bescansa, que intuyó con acierto que Cataluña podía ser un desastre para Podemos. Criterio que comparte el que fuera fundador del partido --ahora apartado-- Luis Alegre.

Y en la discreción más absoluta, también Iñigo Errejón, que se ha abstenido de participar en la campaña de Domènech porque no deseaba implicarse en lo que consideraba iba a ser una severa derrota. Iglesias hizo todo lo que no debía: entregar la organización catalana a Colau, minusvalorar el papel de Albano Dante Fachín y enfangarse en la ambigüedad táctica de los comunes catalanes obviando la dimensión española de Podemos.

La pasión revolucionaria y antiinstitucional de Iglesias le ha traicionado de nuevo. Como lo ha venido haciendo antes, lo que ha impedido reiteradamente que Podemos y el PSOE hayan entrado en una dinámica de entendimiento. Fuentes de la corriente crítica en la organización confiesan que la relación entre morados y socialistas funciona en el nivel municipal y autonómico, pero no entre las cúpulas de Podemos y del PSOE, impidiendo así una articulación de la izquierda que no sería nunca compatible con las posiciones de Iglesias en Cataluña.

Errejón y Bescansa

Los críticos reprochan al secretario general de Podemos que se haya instalado en el referéndum pactado para Cataluña sin reparar en que era necesario que enfatizase con qué opción se estaba: la unilateral y secesionista, o la de la negociación constitucional para reformular el encaje de Cataluña en España.

El error catalán de Iglesias y de su cada vez más restringido estado mayor --hasta Juan Carlos Monedero ha entendido la aplicación del 155, aunque luego se haya revuelto contra sus propias declaraciones-- implica que el papel de Iñigo Errejón, por una parte, y la teorización de Carolina Bescansa, por otra, haya ganado muchos puntos en la organización. Que no se ha recuperado aún del impacto de los malos resultados del 21-D.

Se produce un proceso de descomposición progresiva del partido en varias comunidades autónomas. Los anticapitalistas por un lado; la confluencia catalana dominada por Colau; en Valencia Podemos es absorbido de hecho por Compromís y Mónica Oltra; la marea gallega, echada al monte independentista --con Beiras apoyando la república catalana--, desacata a la dirección y Andalucía con Teresa Rodríguez va a su aire, todo lo cual componen u cuadro de situación de crisis en el conjunto de Podemos.

Se ha instalado en sus filas la desesperanza y el desánimo. Mucho más cuando Ciudadanos se percibe como la réplica más contundente a un Iglesias que carece de credibilidad para recuperar su relación con Pedro Sánchez y así amenazar la posición de un Mariano Rajoy que con 137 diputados parece que sigue disponiendo de mayoría absoluta. Muchos en Podemos lamentan la cena --la famosa cena-- de Iglesias con Oriol Junqueras y Xavier Domènech en el domicilio barcelonés de Jaume Roures el pasado 26 de agosto. «Allí empezó el desastre catalán de Podemos», se lamentan los críticos.