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Un Sánchez entre la presidencia y el plan b

 

Pedro Sánchez, el viernes, durante el acto de conmemoración del aniversario de la Constitución. - JOSÉ LUIS ROCA

08/12/2019

El equipo negociador de ERC trata de imponer su ritmo en las conversaciones con el del PSOE para acordar la investidura de Pedro Sánchez. Pero la Moncloa ha pedido a la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, máxima celeridad para convocar la sesión plenaria de investidura antes de las próximas Navidades. Manda, sin embargo, un calendario en el que se emboscan acontecimientos que, según su sesgo, condicionarán la decisión de los republicanos de pactar o no con los socialistas.

ERC tiene que despejar incógnitas antes de embarcarse en la aventura política de dar la presidencia a Sánchez o negársela. Las prisas del PSOE y de Unidas Podemos no son compatibles con las cautelas que debe adoptar el partido de Oriol Junqueras. Sin embargo, el secretario general del PSOE quiere un inmediato mandato del Rey para presionar así a sus eventuales socios el próximo martes. El empujón a ERC es de una audacia política extraordinaria.

No es en absoluto irrelevante, sin embargo, saber qué ocurrirá el día 16 en Bruselas en la vista judicial que resolverá sobre la entrega de Carles Puigdemont a la justicia española, que podría aplazarse; tampoco es baladí comprobar hasta qué punto ha revertido el orden público en Barcelona cuando se juegue el día 18 el clásico Barça-Real Madrid, un partido de alto riesgo; es sustancial a muchos efectos el fallo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en Luxemburgo el día 19 sobre la inmunidad de Junqueras en el Parlamento Europeo, no tanto por él –condenado por sentencia firme– sino por la repercusión del veredicto sobre el expresidente de la Generalitat, Toni Comín y Clara Ponsatí, que podrían adquirir, o no, la condición de europarlamentarios y, en fin, es determinante la celebración del congreso de ERC a partir del día 21. Los socialistas y el propio Sánchez, no obstante, creen que es posible adelantar un acuerdo con ERC a pesar de ese endiablado calendario.

La Moncloa y Ferraz consideran que el tiempo transcurre contra los intereses socialistas y de los morados y a favor de los republicanos. La ronda de consultas con el Rey, como ordena el artículo 99 de la Constitución, y que culminaría el miércoles con el encargo de investidura en la persona de Sánchez, se produce porque la presidenta del Congreso ha trasladado a Felipe VI una cierta seguridad de que el presidente en funciones aceptará la candidatura acreditándole inicialmente las posibilidades de que prospere. En otras palabras, se supone que el líder socialista presentará al jefe del Estado una mayoría que le investirá en segunda vuelta. Pablo Iglesias ha sugerido la clave de esta exitosa operación: el PSC garantizaría un tripartito en Catalunya con la presidencia de ERC y la asistencia de los comuns. Otro dato: el Consejo de Ministros del jueves se abstuvo de impugnar los acuerdos del Parlamento catalán que desafiaron la semana pasada al Tribunal Constitucional.

Mensajes de tranquilidad

En Madrid se ha metabolizado la coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, pero está por digerir el eventual pacto con Esquerra Republicana. No son solo los empresarios los que envían señales de inquietud sobre ese tripartito parlamentario. También las remiten colectivos diversos mediante pronunciamientos y manifiestos que, aunque no alcanzan gran repercusión pública, llegan puntualmente a la mesa del presidente en funciones en la Moncloa.

Si los secretarios generales de los dos grandes sindicatos visitan en la cárcel a Junqueras para intermediar a favor de la investidura, la CEOE y otras entidades empresariales se sienten legitimadas para alzar igualmente su voz. De ahí que Sánchez deba de cuando en vez lanzar mensajes de tranquilidad («el acuerdo será público y se atendrá a la Constitución», aseguró esta semana) que quizá calmen a unos pero que irritan a otros en Cataluña.

El modelo belga

Si se dilatan sine die, o por largo tiempo, las conversaciones con ERC, o si fracasaran (hipótesis que la euforia socialista no contempla), Sánchez tiene un plan b que no consistiría en cambiar de socios (dejar caer la coalición con Unidas Podemos y entregarse a un entendimiento con el PP y Ciudadanos), sino mantenerse a la espera según el modelo belga (2010-2011) que sostuvo en funciones el Gobierno durante 541 días hasta que el rey Alberto II consiguió, no sin ayudarse de personalidades mediadoras, que fuese investido el socialista Elio Di Rupo. En España un Gobierno en funciones indefinido es constitucionalmente posible y Sánchez ha sido elíptico pero claro: no irá a una investidura fallida y, así, evitará que se ponga en marcha el cronómetro para que, tras dos meses sin otra exitosa, se convoquen unas nuevas elecciones generales.

En la Zarzuela, según fuentes del entorno de la Casa del Rey, preocupan todos los escenarios: el de la remisión ad calendas graecas del nuevo Gobierno (por eso se ha asumido la rápida convocatoria de la ronda de consultas) y que el Ejecutivo se tenga que sostener en un partido que, como ERC, es punta de lanza del independentismo catalán. Pero no parece, por el momento, que haya otras opciones. El PP no colaborará a la investidura de Sánchez en ningún caso aunque Pablo Casado está dispuesto a implicarse en pactos sobre asuntos concretos si es Ciudadanos el que se redime de su propio desastre votando favorablemente a la coalición entre Iglesias y el líder socialista.

La salida del «laberinto»

Sánchez parece persuadido de que hay que apretar el pedal del acelerador y, en el peor de los casos, esperar a que madure ERC manteniéndose en funciones a la belga. Las terceras elecciones están descartadas porque implicarían el fin del trayecto de su liderazgo y la reformulación del itinerario político del PSOE.

La pertinaz convicción en que el acuerdo con ERC saldrá adelante, sí o sí, tiene que ver con esas consecuencias letales de que la apuesta no prospere, las derechas se nieguen a un acuerdo y la salida del «laberinto» (término empleado por el propio Sánchez) resulte constitucional, institucional y socialmente traumática.

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