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Los árabes se encomiendan al Papa por Jerusalén

El Vaticano critica una medida que complica el statu quo de la ciudad. Líderes de Oriente Próximo le piden que actúe tras la decisión de Trump

 

Recién casados se hacen un selfi con el papa Francisco en el Vaticano, ayer. - ap / andrew medichini

ROSSEND DOMÈNECH
28/12/2017

Numerosos gobernantes de países árabes, líderes musulmanes, jefes de religiones cristianas aunque no católicas y las mismas autoridades palestinas observan, esperan y, a su manera, presionan al Papa en estas últimas semanas para que se enfrente a la decisión estadounidense de trasladar su embajada a Jerusalén.

El mismo día en que Donald Trump anunció su decisión, el presidente palestino, Mahmud Abás, fue uno de los primeros en llamar a Francisco. Dos días después también llamó al Pontífice el presidente turco, Recep Tayyp Erdogan, a pesar de estar molesto con el pontífice desde hace dos años (había incluso retirado su embajador ante la Santa Sede), porque Bergoglio había llamado «genocidio» a la matanza de más de un millón de armenios a manos de los turcos. Abdallah II, rey de Jordania, fue más directo y viajó a Roma a entrevistarse directamente con el Papa. Poco antes, el Patriarca griego ortodoxo, Teofilo, en representación de todas las iglesias cristianas presentes en Jerusalén, visitó a Francisco.

«UN DIOS GUERRILLERO» / «Los cristianos son sacrificados sobre el altar de las políticas imperialistas», denuncia Mitri Raheb, pastor protestante de Belén, que acusa al vicepresidente de EEUU, Mike Pence, de adorar «a un Dios guerrillero y no a un crucificado».

La decisión de Trump reconoce de hecho la ciudad como «capital indivisible de Israel», por lo que todos los protagonistas implicados en el cambio de ruta de EEUU miran hacia Roma y al Papa como punto de referencia por encima de todas las partes y con «poder», más moral que político para intervenir en la cuestión.

Desde la ONU hasta el pequeño Estado pontificio, pasando por numerosos países de Oriente Próximo consideran que se trata de una decisión unilateral que echa por los suelos años, incluso siglos, de la política internacional y vaticana, que consideran Jerusalén como un unicum. Es decir, una urbe indivisible por el valor simbólico que tiene para las tres religiones monoteístas (musulmanes, judíos, cristianos).

Tras la decisión de Trump, la delegación de la Santa Sede en la ONU recordó «la obligación de todas las naciones a respetar el histórico estatus de la Ciudad Santa, en conformidad con la relativas resoluciones de la ONU».

PATRIMONIO DEL MUNDO / Ya en agosto, el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin, subrayó que seguía siendo actual la conocida y antigua propuesta vaticana de dotar a Jerusalén de un «estatuto garantizado internacionalmente», con libre acceso a los Santos Lugares. «No existen alternativas para resolver los problemas y tensiones sobre Jerusalén», dijo.

«La cuestión de Jerusalén no puede ser reducida simplemente a una disputa territorial o de soberanía política, porque Jerusalén es un unicum, patrimonio del mundo entero y con una vocación universal que habla a miles de millones de personas, sean creyentes o no», ha dicho Pierbattista Pizziballa, administrador apostólico del Patriarcado latino de Jerusalén (vinculado a Roma). Con la caída del Imperio otomano, Gran Bretaña, Francia y Rusia se repartieron las regiones en zonas de influencia, acuerdo que se conoce como Sikes-Pikot, el cual había previsto una «brown area» (zona oscura) para Jerusalén, Belén y Nazaret, bajo tutela de una administración internacional.

En 1947, la ONU (resolución 181) disponía la división de Palestina en dos estados y un corpus separatum para Jerusalén, lo que el Vaticano ha siempre llamado «estatuto especial internacional». Sin embargo, en 1980, el Parlamento israelí declaró Jerusalén «capital eterna e indivisible», reivindicando competencias exclusivas, reconocimiento que EEUU había postergado hasta hoy.

El Vaticano firmó un acuerdo de reconocimiento recíproco con Israel en 1993, pero los protocolos de actuación no han sido ultimados desde entonces, precisamente porque el primero está allí desde mucho antes de que existiera Israel y, con los siglos, ha sumado iniciativas sociales y títulos propiedad. Todo ello reconocido por los distintos ocupantes de la región, difíciles ahora de resolver con las leyes actuales de Israel.

Con los palestinos, el Vaticano firmó un acuerdo en el 2015, tras otro general del 2000, y otro anterior de 1994, acuerdo que, de hecho, reconoce la zona palestina de Cisjordania y Gaza como un Estado (lleva por título Comprehensive agreement between the holy see and the state of Palestine). El acuerdo entró en vigor en el 2016 y el Boletín de la Santa Sede explicó que «incluye un reconocimiento oficial de Palestina como Estado, de parte de la Santa Sede». Israel reaccionó con un comunicado casi amenazante en el que decía que «estudiará el acuerdo en detalle y sus consecuencias sobre la futura cooperación con el Vaticano».

Las convulsiones históricas han provocado que, de 1910 al 2010, los cristianos en Oriente Próximo hayan pasado del 14% de la población al 4%. En la zona palestina (Gaza, Jerusalén este y Cisjordania) viven 50.000 cristianos y 200.000 en Israel. La compleja situación política, las persecuciones pasadas y presentes podrían acabar con los cristianos en la tierra donde nació su fundador.