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DRAMA HUMANITARIO

Atrapados en Moria: la espera, el olvido

El campo de detención de extranjeros en la isla griega de Lesbos alberga a más de 3.500 personas, casi el doble de su capacidad

 

NUÑO VINUESA
24/02/2017

Hace casi un año que el acceso al interior del campo de detenciónde Moria, en la isla griega de Lesbos, es prácticamente imposible. Pese a todo, la vida sigue allí dentro para más de 3.500 personas. El recinto, rodeado por campos de olivos, se encuentra a pocos kilómetros del mar. En su día fue un lugar idílico, puramente mediterráneo. Hoy es un centro rodeado por una valla de espino y concertinas de más de tres metros de alto. En la retina de muchos están las imágenes de nieve amontonada sobre tiendas de campaña que recorrieron las redes sociales. Tres personas murieron en Moria por el frío en enero.

Desde marzo del año pasado y, a causa del acuerdo migratorio entre la UE y Turquía, Moria dejó de ser un campo de refugiados para convertirse en un campo de detención para personas extranjeras, muy parecido a un CIE. En él malviven más de 3.500 personas a pesar de que el centro tiene capacidad para 2.000. Tras la muerte de los tres inmigrantes, las autoridades se apresuraron a realojar en contenedores a muchas de las personas que todavía viven en tiendas de campaña. Pero los avances son lentos, y los habitantes son muchos. Mientras, sus quehaceres diarios se pueden resumir en uno: esperar.

SUMIDOS EN EL ABURRIMIENTO
Hay dos actividades obligadas para casi todos: el desayuno y la comida. A las 8 de la mañana forman en una línea para recoger el desayuno. Café o te, una manzana, un cruasán de chocolate y una botella de zumo de limón. De hecho, hay dos líneas separadas, una para hombres y otra para mujeres y niños, pero salta a la vista que la línea de las mujeres está vacía. Apenas quedan mujeres en Moria, tampoco se ven niños. La mayoría de ellos están en el campo de Kara Tepe. 

Un grupo de policías vigila de cerca a los inmigrantes para evitar posibles empujones o peleas. Una oenegé es la encargada de repartir los desayunos. A las dos se repite el guion, en este caso para la comida: un poco de pan, un vaso de sopa, arroz con verduras y una botella de agua. El resto de las horas las pasan sumidos en el más absoluto aburrimiento y el cansancio se hace patente en las miradas. Pero son jóvenes y la actividad no cesa: un grupo de malienses juega al fútbol mientras dos eritreos lavan su ropa, unos afganos improvisan una peluquería y un grupo de paquistanís cocina un curri de verduras y pollo, otros llaman a sus familiares o bien escuchan música.

TAMBIÉN DOMINICANOS
Un claro acento español se oye entre la multitud, dos chicos de la República Dominicana hablan con sus familiares. Ellos y otros dominicanos viajaron a Turquía porque para entrar en ese país no necesitan visado. Una vez en Turquía siguieron el trayecto habitual de los demás inmigrantes: de Estambul en bus hasta Esmirna y, una vez allí, pagan el dinero que les pide la mafia para cruzar el Egeo en una balsa. 

A pesar de ser un centro de detención, los habitantes de Moria tienen permiso para salir y muchos lo aprovechan para pasar un rato en uno de los distintos bares de campaña que se han instalado fuera del campo o para salir a pasear. Los que, con algo de dinero, se lo pueden permitir van a Mytilene, la capital de Lesbos, para pasar una tarde lejos del centro de detención. 

No saben qué les deparará el futuro. El estatuto de refugiado es un privilegio al alcance de aquellos que provienen de países comoSiria o Eritrea, pero incluso ellos lo tienen difícil en una Europa que les da la espalda. Para afganos, paquistanís y muchos africanos la odisea será mayor. Para muchos, Moria ha pasado de ser una estación de paso a un lúgubre lugar de destino.