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TENSIÓN NUCLEAR

Despertar entre sirenas y mensajes de móvil en Japón

A pesar de que los japoneses han aprendido a convivir con las cíclicas amenazas norcoreanas, el misil que ha cruzado su territorio ha hecho saltar todas las alarmas

 

El gobierno de la isla de Hokkaido se reúne en una teleconferencia tras el lanzamiento del misil norcoreano. - AP / MASANORI TAKEI

ADRIÁN FONCILLAS
29/08/2017

“Un misil norcoreano está sobrevolando Japón. Por favor póngase a cubierto en las zonas de espera o dentro de los vagones”. Los tokiotas que por la mañana se preguntaban qué había alterado la mítica puntualidad de sus trenes recibieron la respuesta de los altavoces de la estación. Pero el misil norcoreano apenas consiguió alterar el pulso de una de las ciudades más vibrantes del mundo.

 La alarma fue más intensa en Hokkaido, la segunda isla más grande del país y principal destino turístico por sus paisajes naturales. El Gobierno accionó la Alerta-J tan pronto sus satélites detectaron el lanzamiento. Las sirenas despertaron a la población pocos minutos después de las 6 AM (hora local). También fueron enviados millones de mensajes a los móviles aclarando que un misil pasaba sobre sus cabezas. “Si encuentras algún objeto sospechoso, no te acerques y llama inmediatamente a la policía o los bomberos”, aconsejaba. Y en la pantallas de televisiones, sobre un sobrio fondo negro, también se informaba sobre el misil.

COLOCAR ALATAVOCES

La Alerta-J fue adoptada en 2007 para prevenir de una inminente desgracia natural o provocada por el hombre. Fue necesario el tsunami de 2011 para que los gobiernos locales se apremiaran a colocar los altavoces. El sistema se antoja escasamente eficaz ante un misil por el escaso tiempo de reacción. Un proyectil norcoreano sólo necesitaría diez minutos para alcanzar Tokyo.

 La alarma fue activada ayer en Hokkaido cinco minutos después del lanzamiento y cinco después el misil ya había dejado atrás la isla. El último desmán norcoreano también tuvo una influencia relativa en la isla. Los colegios fueron cerrados pero el grueso de los pesqueros siguieron faenando. Los japoneses, como los surcoreanos, han aprendido a convivir con las cíclicas amenazas de destrucción masiva que llegan de Pionyang.