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Análisis

El difícil futuro de Hong Kong ¿Está rota la porcelana?

 

Manuel Valencia
15/06/2020

En 1842 el imperio Qing entregó a perpetuidad la pequeña isla de Hong Kong a Gran Bretaña tras perder una narcoguerra y se obligó a consumir opio de la India británica. Así, Inglaterra podía pagar la factura del producto de moda, el té, que importaba de China. 250 años antes el imperio español tuvo un problema similar con el pago del comercio de las apreciadas porcelanas y sedas chinas, pero lo solucionó de una manera menos belicosa: envió cada año en la nao de Filipinas plata de América que los Ming precisaban para acuñar moneda.

En 1898, Inglaterra aprovechó la decadencia del Imperio Qing para adquirir por un tratado de 100 años los Nuevos territorios, vecinos a la diminuta isla y posteriormente la concesión de Shanghái. Esta última, controlada por un grupo de potencias extranjeras se convirtió en el centro comercial y financiero de China y Hong Kong cayó en un sueño profundo. A los gobernadores ingleses que nombraban en la colonia se les daba en Londres el pésame por ese incómodo y caluroso destino. La guerra con Japón en 1937, la revolución comunista y la terrible purga interior que impuso Mao Zedong, hundieron a la rica Shanghái. Sus millonarios huyeron a Hong Kong y esta colonia se convirtió en la puerta de entrada en China. Este proceso se aceleró con la llegada al poder del comunista Deng Xiaoping en 1980, que proclamó que «ser rico es bueno». La colonia se enriqueció a costa e intermediando con China, como un parásito. Y le fue bien: en 1997 Hong Kong tenía una renta per cápita de 27.000 dólares, superior a los 780 dólares de China y a los 25.000 de su metrópoli, Inglaterra. Acabada la vigencia del tratado anglo chino, Margaret Thatcher devuelve Hong Kong a regañadientes y acuerda con Pekín la preservación de su status autónomo por 50 años lo que da lugar a un «Un país y dos sistemas».

En paralelo, Shanghái y sus 31 millones de habitantes fueron saliendo de sus cenizas y, apoyada por el capitalismo de estado de Pekín, volvió a ser el gran centro industrial y comercial de China. Hong Kong fue perdiendo terreno, pero conservó su carácter de plaza financiera por gozar de un estado de derecho que carece China continental. Hace pocos años en China, comenté a un banquero que Hong Kong era solo el Mónaco de China y me contestó: «No de China. El Mónaco de la provincia de Guandong. China es demasiado grande ahora».

La Asamblea Nacional Popular de Pekín acaba de aprobar una excepción a la autonomía de Hong Kong en casos «de separatismo, subversión al poder del Estado, terrorismo o interferencia por países extranjeros o influencias exteriores» o sea recorta seriamente la autonomía de los 8 millones de habitantes de Hong Kong e introduce su temida policía política.

En realidad Pekín sabe que los ricos de la excolonia seguirán con sus lucrativos negocios chinos; la mano de obra es originaria de China continental y detesta el aire de superioridad de los refinados hongkoneses. El problema queda reducido a una clase de abogados, profesores, estudiantes y profesionales formados en el Rule of Law que disfrutan ahora de un status impensable en China. Son los que se manifiestan con paraguas amarillos y recuerdan anualmente la matanza de Tian Anmen.

En su confrontación con China, EEUU toma partido en el conflicto (Inglaterra ya no pesa en el tablero) y Trump clama por la democracia en la excolonia amenazando con sanciones. Pero la propaganda del gobierno chino apunta ahora a los disturbios de los afroamericanos y «la democracia fallida» de EEUU. Los nuevos mandarines de Pekín saben aprovechar oportunidades y tiempos.

A China solo le preocupa ese pequeño grupo de abogados, estudiantes y profesionales pero se equivoca: el Rule of Law y los tribunales independientes de Hong Kong, sostienen las garantías financieras en la excolonia. Vienen juntos en un paquete. Los inversores usan Hong Kong porque no se fían de la «justicia popular» de Pekín. Es lo que la hace única a Hong Kong y Shanghái no puede competir.

Si se rompe una valiosa porcelana china, los expertos nunca logran su reparación totalmente y el valor cae en picado. ¿Puede la China del poscovid permitirse perder esta plaza financiera, renunciar a captar inversiones y dejar a Singapur el campo libre?