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Opinión

 

Aterrizaje sin precipitaciones

 

La última conferencia de presidentes autonómicos celebrada por vía telemática y bajo la vigencia del estado de alarma acabó con un hito subrayado en el calendario. El 21 de junio no será solo la fecha en que dejará de estar vigente el estado de alarma que atribuye al Gobierno central la potestad de limitar derechos como la libre circulación y le traspasa la gestión de numerosas competencias autonómicas. Ese día también, confirmó finalmente el presidente del Gobierno, se abrirán las fronteras exteriores españolas al resto de países del espacio Schengen, excepto Portugal.

Las cifras, mejores de las esperadas hace no mucho y sin que se hayan producido rebrotes de mayor importancia a medida que se iban relajando las normas de confinamiento, justifican este levantamiento de la excepcionalidad. Sin que se deban relajar las precauciones necesarias ante los tres mayores riesgos que a corto plazo podrían arruinar lo conseguido con tantos sacrificios. Que los sistemas sanitarios de las comunidades que habrán recuperado el control de la lucha contra la pandemia no fuesen capaces de atajar y sofocar a tiempo cada foco del covid-19 antes de que se convierta en un nuevo incendio; que la inconsciencia relajase las escrupulosas normas de distancia e higiene aún necesarias y la posibilidad de casos importados desde países con una evolución no tan positiva. En este sentido, en una segunda fase de apertura de las fronteras el Gobierno aclaró que solo será posible con países que mantengan una circulación del virus equiparable a la de los países de la UE. Algo que, en las circunstancias actuales debería dejar aún bajo cuarentena, por ejemplo, a la mayor parte del continente americano. De la misma forma que debería garantizarse, con todos los recursos informativos, y si es necesario de orden público, que los turistas que deben llegar para poner de nuevo en marcha un sector económico tan crucial para este país sepan mantener las reglas de precaución que serán necesarias aún durante un buen tiempo tanto en sus países de origen como en España. La relajación en el respeto de las normas de convivencia que a menudo marca la actitud de determinados visitantes en cuanto pisan las zonas de veraneo españolas será esta vez aún más injustificada si cabe.

Lo mismo puede decirse, con todo, de los locales. Cada levantamiento de una restricción se ha visto seguido de una euforia acompañada de algunas actitudes imprudentes. Ha sucedido con los primeros días de apertura de las playas en Barcelona, por ejemplo, aunque la intensificación de la vigilancia, el control y los avisos municipales consiguió ayer que en ningún momento se rebasase el nivel de ocupación que obliga, como sucedió el sábado, a cerrar el acceso a algunas playas. Esta capacidad de reacción y la necesaria responsabilidad de todos es lo que debería permitir avanzar de fase hasta llegar a la nueva normalidad el 21 de junio, y sobre todo mantenerla sin tener que dar pasos atrás.