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Opinión

 

Un día en el centro de día

 

CARLOS Mañas
09/09/2019

Se acerca la fecha para la revisión de la pensión vitalicia por incapacidad permanente absoluta que en su día me concedió la tesorería general de la Seguridad Social.

Resulta, cuanto menos, curioso y llamativo, que una patología psíquica que ha sido definida de manera unánime como crónica tenga que someterse por imperativo legal a revisiones que encienden la incertidumbre de los pensionistas.

Me aterraba la posibilidad de que la visión subjetiva de un funcionario me hiciera perder el único sustento de mi familia.

A fin de parecer un disciplinado beneficiario del salario de la administración, visito alguna vez que otra el centro de día que me corresponde, para que así conste en mi historial clínico y tener, en consecuencia, más esperanzas para seguir cobrando la limosna social que tanto preciso y que agradezco como un perro que mueve el rabo en señal de complacencia.

Las distintas idas y venidas al centro y las pausas entre las sesiones en compañía de mis iguales, me han permitido imaginar como sería su vida clasificando su personalidad según las melodías que han escogido para los tonos de su móvil.

Me hace mucha gracia, por ejemplo, la sintonía de José Antonio. Un señor con bigote a lápiz. Siempre que le telefonean o recibe un mensaje suena el himno de la legión española. Es el padre de uno de nuestros compañeros de viaje: José Antonio Jr. Por eso se sienta al lado de la puerta, para abandonar la sala con premura cuando empieza la tertulia terapéutica.

Parece una eternidad el tiempo que está con nosotros en espera a que empiecen las reuniones. Se empeña en pensar que la homosexualidad de su hijo es una clara enfermedad mental que se puede superar con un par de bofetadas bien dadas, o pasando la noche en un prostíbulo de carretera.

Su hijo soporta con desaliento los despiadados comentarios, balanceándose en su butaca con los brazos cruzados, como apretando con fuerza la base del tórax y fijando la mirada en el suelo. José Antonio Jr. no tiene móvil. El bravucón de su padre se lo confiscó para evitarle malas tentaciones, y porque una vez le descubrió un hilo de mensajes eróticos con un varón.

A la izquierda de José Antonio Jr. figura una joven con nombre compuesto: Ana-Mía. Por su edad debe pertenecer a la generación millennial, como dirían los sociólogos.

Enfrente de Ana-Mía ocupa el puesto Doña Goyita. Una señora sexagenaria muy simpática y de una ternura exquisita. Luce con mucha gracia un vestido de fondo claro con un estampado floral de colores fucsia. Cubre su espesa cabellera con una pamela de paja de copa baja y alas anchas.

A la izquierda de Doña Goyita se encuentra Benjamín, un muchacho de poco más de treinta años. Está pasado de peso, de su atuendo despunta una camisa a cuadros mal abotonada que deja entrever algún michelín. Tiene las uñas color nicotina.

También compartimos terapia con Mariano, un chaval al que la responsabilidad de ser padre le sorprendió sin poder despedirse de su adolescencia. Sus flaquezas emocionales impiden que pueda ver a su hija más de lo que quisiera.

Junto a mis hermanas y hermanos de fatigas se halla un servidor. Mi nombre es Carlos. Mi ropaje se compone por un chándal negro con capucha, para camuflar mis síntomas sintónicos (muecas involuntarias). Tengo cinco tatuajes.

Todos reunidos, comienza el cónclave de poco más de una hora, si es que no hay retrasos provocados por el ritual de presentación de un nuevo usuario o usuaria.

La reunión la dirige un sujeto cuya estética, en cuanto a vestimenta y complementos se refiere, no se parece en nada a la de los demás presentes. Por este tipo de detalles es cuando echo en falta, más que nunca, la figura del paciente experto. Sería muy enriquecedor que terapeuta y paciente establecieran sinergias.

El terapeuta nos invita a hablar, siguiendo una ceremonia de tiempo y turnos del uso de palabra que impiden que nadie se convierta en protagonista. Acabada la psico-tertulia, me marcho del centro de día no sin antes firmar en el libro de asistentes. En la salud mental ya no existen las sorpresas, solamente los sorprendidos.

*Asociación de Familiares para los Derechos del Enfermo Mental (Afdem)