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Opinión

 

A fondo

Los españoles somos caraduras

 

Los españoles somos caraduras -

FREDERIC Rivas García
04/06/2017

Según Javier Elzo, reputado sociólogo, uno de cada cinco españoles es «un caradura de toda la vida». En su día se señaló que según una encuesta del canal Fox:

-El 83,1% miente al decir que están enfermos para saltarse el trabajo.

-El 67,5% se ha ido alguna vez de un bar sin pagar.

-El 26,3% consume productos en los supermercados sin abonarlos.

Si estos datos son exactos, estamos ante una dura realidad. Me avergüenzo de que así sea. Me parece increíble que los españoles tengamos tanta «jeta».

¿Nos hemos planteado alguna vez la fuerza y el valor de la honestidad; o la maldad y el daño que produce la corrupción? ¿Queremos ser dignos de confianza o ser desleales y mentirosos?

España cayó a su peor clasificación de la historia en el índice de percepción de la corrupción que realiza Transparencia Internacional (TI) cuando se colocó en el puesto 41 de 176 países con una nota de 58 puntos sobre 100 posibles (100 sin corrupción, 0 totalmente corruptos), puntos que ya alcanzó en el 2015 y repitió en el 2016.

Los autores del informe también dijeron que «hemos alcanzado el récord histórico de corrupción comparativamente», donde España también se hunde en la comparación con el resto de países que componen la UE. «Estamos entrando en un pelotón de países que se han acercado peligrosamente a la corrupción sistémica muy recientemente, como Georgia o la República Checa», apostillaron, advirtiendo que «es el momento de reaccionar».

Pero no es ese el caso, pues de entre una lista de 176 países estudiados, en el 2004 estuvimos en el puesto 23, posteriormente España en el 2008 estuvo en el puesto 28 y ha pasado por cada año posterior hasta el 2016 rebajando su posición en el ranking. Estuvo en el 32 en 2009, 30 en 2010, 31 en 2011, 30 en el 2012, 40 en el 2013, 37 en 2014, 36 en 2015 y 41 en el 2016.

En cambio, Nueva Zelanda está en el puesto número 1 casi desde tiempo inmemorial, aunque el puesto más abajo que ha estado ha sido en el cuarto.

Verdaderamente no nos podemos comparar con los «buenos», estamos demasiado abajo, pero ciertamente a algún tonto, a mí no, le quedará el consuelo de que no somos el pelotón de los «torpes» malísimos, que le parecerá estupendo.

Yo, por mi parte, veo que la única reacción que hemos tenido ha sido la de nuestro asombro más y más desanimador cuando semana tras semana observamos nuevas noticias de corrupción, de engaños, de trampas, de defraudación de personas y organizaciones que debieran ser nuestro modelo y dechado, nuestra reserva moral. Organizaciones casi «criminales» que se excusan unas a otras (en una sesión del Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, de donde ha salido un vídeo editado por el PP) indicando y lanzando contra el contrario la lista de cuántos de sus políticos han sido condenados por unos u otros delitos.

No estoy tratando de moralizar, ni de hablar de las bondades de la religión. Lo que digo es que en nuestra cultura judeo-cristiana el valor de la verdad, la honestidad y el esfuerzo ha llevado a Occidente al estado del bienestar, a un lugar elevado de desarrollo y de justicia. Otras culturas que priman la trampa, el engaño, el regateo, el timo, ya veis dónde están.

No quiero decir que aquí no haya tramposos como el Lazarillo de Tormes.

Lo que digo es que aquí está mal visto: uno no debe mentir, cometer delitos, ni engañar ni estafar, pues si lo haces y te descubren has perdido toda la credibilidad, además de la sanción, penal en su caso, o de retirarte la amistad y el extrañamiento (nadie quiere estar, ni hacer negocios con un tramposo), nadie quiere jugar el juego de la vida con los deshonestos.

Y lo que digo también, es que allá: la mentira, el engaño, la trampa y la estafa les parece un signo que identifica al despierto, al listo; de modo que se valora.

¿Queremos ser un país tercermundista? ¡Pues evitémoslo! Y quitemos todas las manzanas podridas de nuestras organizaciones, aunque nos quedemos sin manzanas ni organizaciones que siempre podremos sustituir por nuevas y compuestas por mejores personas, porque peor será que el «allá» se convierta en «aquí» y también nos parezca que es de listos engañar, mentir, estafar y toda clase de abusos contra otros.

De modo que apliquemos el ejemplo y tengamos en alta estima los valores de la honestidad, la veracidad, el esfuerzo, e inculquémoslos en nuestros hijos y nietos. Con ello nos iremos elevando, como nación, en la lista de Transparencia Internacional mundial.

*Doctor en Derecho