Dos de los acontecimientos que en el 2016 sacudieron al mundo por chocantes, impredecibles e importantes -el triunfo del brexit y la victoria de Trump-están ahora bajo sospecha, tras las revelaciones sobre el uso de los datos personales de millones de usuarios de Facebook con la intención de manipularlos y cambiar el voto de muchos de ellos.

En el referéndum británico, la salida del Reino Unido ganó por solo 1.269.501 votos de diferencia sobre los que querían permanecer en la UE, cuando presuntamente la campaña engañosa de una filial de la tecnológica Cambridge Analytica tuvo como blanco a entre 5 y 7 millones de ciudadanos. En el caso de Trump, su victoria se decidió porque obtuvo mayor número de delegados, después de reñidísimas batallas en varios estados, algunos de los cuales los ganó por solo miles de votos.

Nunca se podrá cuantificar el impacto que tuvieron esas campañas basadas en el uso fraudulento de datos personales en unos resultados electorales que van a cambiar el mundo. Es posible que ni siquiera se pueda conocer si el final hubiera sido otro sin esas armas tecnológicas.

Lo que sí ha puesto de manifiesto este escándalo es todo lo que ya sospechábamos, cuando no sabíamos: nuestra vulnerabilidad y sobreexposición en la red, la poca protección con la que nos adentramos en esta selva y la alegría y frivolidad con la que cedemos nuestros datos.

Facebook tendrá que explicarse más y mejor, aplicar nuevas medidas para proteger mejor los datos de sus usuarios. Nuevas leyes deberán velar mejor por nuestra privacidad, pero tenemos que entender que los dueños de nuestra intimidad somos nosotros. Que no vale escandalizarnos cuando cerramos las cortinas para que no nos vea el vecino. Que no queremos cámaras que nos vigilen en las calles cuando en las redes dejamos rastro y compartimos todas nuestras actividades. Todo para que el mundo lo vea.

*Periodista