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Opinión

 

La ventana de la UJI

A propósito de la diversidad afectivo-sexual

 

Qué es la normalidad? Parece ser una de las preguntas que, en las últimas semanas, surge en una sociedad que quizá, hasta ahora, no se había cuestionado nunca (o casi nunca) si aquella rutina en la que se había instalado era lo normal, lo que viene dado, aquello que por la fuerza de la costumbre se acaba socializando como habitual e incluso, calificando como adecuado. Simplemente porque el hábito cotidiano de repetir la misma acción, de mantener las mismas prioridades, de perpetuar las mismas creencias, sin ni siquiera preguntarnos de dónde vienen, nos puede hacer pensar que algo es normal. Incluso, nos puede llevar a identificar lo común, lo más frecuente, lo más conocido con lo correcto. Sin caer en la cuenta de que el criterio de la normalidad, entendido como lo más habitual, hace mucho tiempo que dejó de legitimarse como un criterio que nos permitiera distinguir lo que es o no saludable y, por supuesto, lo que es o no adecuado.

Quizá este es un buen momento para preguntarnos si aquella normalidad a la que algunos ansían volver, de verdad resulta tan buen escenario como para querer retornar. Sin ni siquiera cuestionarnos cuántas cosas podríamos mejorar para hacer, de nuestra sociedad, un espacio más habitable y ojalá mucho más sostenible. En ese momento, en el que echamos la vista atrás, nos damos cuenta de que en demasiadas ocasiones lo urgente se ha llevado a lo importante. Hemos desatendido entornos y personas muy relevantes porque, aunque a veces se nos olvida, cada una lo es per se. Incluso, como sociedad, a algunas de esas personas les hemos negado el derecho a ser. Hemos tenido múltiples motivos para negar, parece que eso se nos da bien, relacionados con la edad, el poder adquisitivo, el origen y, por supuesto, la diversidad afectivo-sexual.

Seguramente, para sentir algo menos el impacto directo que tiene nuestra desatención, en cada una de esas personas, construimos esas barreras (visibles o no) que a veces nos impiden ver más allá y otras muchas, calman nuestro malestar. Un malestar que, probablemente, aparecería al ser conscientes del impacto que tiene la discriminación (pasiva o activa) en aquellas personas que han sido excluidas de derechos tan básicos, como la atención sociosanitaria o la libertad. No son pocos los estudios que alertan de un mayor riesgo de exclusión laboral, discriminación social y falta de atención sanitaria en el colectivo LGBTI. Todo ello, dentro y fuera de nuestras fronteras si es que, a estas alturas, todavía establecemos límites territoriales en materia de derechos humanos. Si es que aún no hemos aprendido, la importancia y la necesidad de construir una respuesta conjunta y global.

Hoy es un día, como otro cualquiera, en el que valdría la pena cuestionar nuestras costumbres, simplemente, para valorar qué significan y por qué las mantenemos. Para preguntarnos a qué tipo de mundo estamos contribuyendo pues cualquier acción, por pequeña que parezca, acaba siendo importante. Más todavía cuando, de nuevo, el calendario nos recuerda que todavía nos queda mucho camino por recorrer. El 28 de junio, volvemos a conmemorar los disturbios de Stonewall, un paso más en la construcción de la igualdad. Seguramente, un hito con más repercusión mediática que otros muchos, pero no más importante que la fuerza de aquellas voces que, todavía hoy y poniendo en peligro su vida, intentan vivir con libertad su sexualidad.

LÓGICAMENTE, en algunos puntos del mundo y con mucho trabajo colectivo, las cosas han mejorado desde los incidentes ocurridos en Nueva York. Donde un grupo de personas se rebeló contra un sistema que discriminaba, simplemente, por su orientación o identidad sexual. Solamente faltaría que en pleno siglo XXI, tras casi 70 años de la Convención de los Derechos Humanos, no hubiéramos mejorado un poco en el reconocimiento de las Libertades Fundamentales. Sin embargo, haber dado unos pasos, no significa que hayamos terminado la travesía. Una travesía en la que muchas vidas paralelas, en demasiados casos invisibles, ven mermados sus derechos fundamentales.

Ojalá, tras estos meses en los que nos hemos cuestionado tantas cosas, comencemos a preguntarnos qué nos hace mantener todas estas diferencias y a sentirnos corresponsables de construir una sociedad con mayor igualdad.

*Salusex-Unisexsida