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Opinión

 

Editorial

Triste balance de los cien días de Donald Trump

 

29/04/2017

Los primeros cien días de la presidencia de Donald Trump arrojan un balance poco alentador para el inquilino de la Casa Blanca. Como él mismo ha declarado, creía que ser presidente de EEUU sería más fácil que dedicarse a los negocios. Más allá de unas palabras que revelan la frivolidad con la que llegó al mando de la primera potencia mundial, en este mojón del mandato Trump no ha logrado mejorar el bajo nivel de popularidad con el que llegó a la Casa Blanca. Quiso empezar a hacer realidad las promesas electorales haciendo uso de los poderes ejecutivos que la Constitución le otorga, pero pronto descubrió que incluso el presidente debe someterse a unos controles, y así muchas medidas firmadas con gran despliegue publicitario –en particular las destinadas a poner freno a la inmigración– están bloqueadas en los tribunales.

La economía tampoco le sonríe. En el primer trimestre del año el PIB ha crecido solo un 0,7%, que contrasta con el 2,1% del último trimestre del 2016 y con su promesa electoral de un crecimiento sostenido del 3% o el 4% anual. En estos cien días, Trump tampoco ha logrado organizar un equipo competente en la Casa Blanca. Ha habido dimisiones en tiempo récord y unas luchas internas por el poder entre personajes siniestros, como Steve Bannon, y el entorno familiar encabezado por la hija Ivanka y su marido.

Trump no ha logrado borrar los interrogantes que pesan sobre sus relaciones y las de otras personas de su Administración con la Rusia de Putin. Ha querido mostrar músculo en Afganistán y Siria, pero solo eso, sin el acompañamiento de una política destinada a acortar la duración de las guerras o reducir el número de víctimas, y menos aún con la vista puesta en una negociación. También con Corea del Norte exhibe fuerza, en este caso verbal. Ha rectificado en cuestiones como la de considerar obsoleta la OTAN, pero su política exterior sigue siendo desconocida.

Si el balance es poco alentador para Trump y EEUU, para el resto del mundo es desastroso, porque en estos cien días el presidente ha logrado convertir en aceptable todo lo que en una sociedad democrática se consideraba inadmisible. Sería un error fijarnos solo en los aspectos más llamativos de su persona y de su presidencia, aun siendo tantos. Lo peligroso es la corriente de fondo creada en la Casa Blanca, que puede arrastrar los principios del Estado de derecho.