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Opinión

 

El vuelco electoral del Sinn Féin en la República de Irlanda

 

Los 37 escaños obtenidos por el Sinn Féin (SF) en las elecciones legislativas celebradas el domingo en la República de Irlanda han acabado con más de 80 años de duopolio político --el Fianna Fáil (FF) y el Fine Gael (FG)-- y ponen de manifiesto que la sombra del brexit es alargada y puede propiciar reacciones imprevistas. Que el partido nacido como el brazo político del IRA haya ganado en votos, que no en escaños --el FF lo ha superado en uno-- es algo más que una inesperada sacudida, porque no se explica solo con el descontento de los jóvenes cumplida una década de austeridad. Para completar el análisis es preciso girar la vista hacia los riesgos que entraña la posible liquidación del backstop, que sustenta la existencia de una frontera blanda entre las dos Irlandas.

Por más que los partidos tradicionales repiten sus promesas de no pactar con los herederos del IRA, no pueden cerrar los ojos a una doble realidad: hay en la República de Irlanda un sentimiento de preocupación muy extendido por la suerte que pueda correr la frontera con el Ulster y es un hecho que Mary Lou McDonald, líder del SF, ha puesto manos a la obra para explorar la posibilidad de formar Gobierno agavillando a diferentes minorías de cariz progresista. Para nada vale en ambos casos exhibir los éxitos que contabiliza la gestión económica del primer ministro saliente, Leo Varadkar, y reiterar la confianza en que la negociación de los términos del brexit dejarán a salvo el backstop.

La victoria del Sinn Féin obedece a razones propias de una sociedad que pecha con profundos desequilibrios derivados de la salida de la crisis y responde a ingredientes emocionales tan concluyentes como el deseo de preservar una relación sin obstáculos con la minoría católica de Irlanda del Norte. Un factor político que, según lo gestione Boris Johnson, puede convertirse en un problema de seguridad o puede consagrar la atmósfera de paz y estabilidad forjado por los acuerdos de Viernes Santo de 1998. Porque el sentido común y la oportunidad política inducen a pensar que nadie quiere revisar la situación actual, pero con Johnson nada está garantizado.