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Opinión

 

La Vuelta y el Desierto de las Palmas

 

Salvador Bellés Salvador Bellés
29/08/2016

Las dos etapas de la Vuelta Ciclista a España, que tendrán sus rutas oficiales por las carreteras que circundan las montañas donde está ubicado el Desierto de las Palmas, los próximos días 5 y 7 de septiembre, cuando Lucena, Castellón y Peñíscola tendrán un protagonismo destacado, aunque también lo tendrán las carreteras montañosas de Benicàssim más tarde o más temprano cuando se tiene que circular por la Plana. Se trata de un entorno visitado habitualmente por su hermosura natural y por el convento que allí tienen los Carmelitas Descalzos. Según la constitución de la orden, cada provincia debía tener un desierto o convento propenso a la vida monacal y contemplativa. Rodean el convento una buena cantidad de ermitas, verdaderas cuevas anacoretas –como decía García Pavón-- a las que de vez en cuando se retiran los frailes a hacer vida solitaria. Hay en estas ermitas azulejos con vistas y figuras piadosas que recuerdan las penitencias que en otro tiempo se impusieron en ellas los padres carmelitas.

El convento se inauguró en 1694. Y por las malas condiciones del terreno en aquella época, se hizo uno nuevo en lugar próximo y mejor acondicionado, en 1709. Pero una inundación acabó con él y se edificó el que hoy existe en el año 1788. Ahora es conocido por ser escuela de novicios y hospedería.

Pero aparte de esta significación religiosa, el Desierto de las Palmas tiene una raíz histórica imprescindible para conocer la mitología castellonense. Porque Castellón capital, de probable origen fenicio, estuvo situado en el entorno del Desierto. Luego el rey don Jaime I, como es sabido, y a través del Privilegio fechado en Lérida en 1251, autorizó a su colaborador Ximén Pérez de Arenós para trasladar la población al Palmeral de Burriana, su actual asiento, denominándose después Castellón de la Plana de Burriana. Es como un símbolo que justifica las fiestas de la Magdalena con el argumento del traslado y a través de las gaiatas.

Los montes del Desierto, rematados por las Agujas de Santa Águeda y el monte de San Miguel, aprietan contra el mar a la Plana, a la vez que abrigan las playas de Benicàssim inclusive, que con esta espalda de monte enardecido, carecen de humedad y disfrutan de abrigo.

El paisaje del Desierto es muy hermoso. La carretera caracolea el empinado monte que culmina con las Agujas, dientes de sierra gris, y el pico del monte del Bartolo, fraile volador que hasta allí llegó a cumplir sus penitencias. Montes de pinares, de tierra feraz que cría muchas clases de plantas. Desde la altura, se divisa la Plana, con los antiguos arrozales en el que se conocía como Cuadro de Santiago y que son como espejos de una laguna, vista entre la espuma gris de la niebla. Detrás, ya está el mar azul.

A pesar de estar a tan poca distancia, el Desierto goza de un clima de altura. El aire, la brisa marina ya, se afina y se aligera y adquiere el perfume de los pinos y la caricia de algún olivo. Y todo el paisaje adquiere un carácter apacible y recoleto. H

 
 
1 Comentario
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Por Vicent Bosch i Paús 13:57 - 29.08.2016

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A mi m'agrada dir, Llucena, Castelló i Peníscola i el desert de les Palmes.