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NUEVAS TENDENCIAS

El clima 'hackea' la moda: cómo la crisis climática está obligando a repensar el negocio

"Se veía venir que el 2020 iba a ser un punto de inflexión y que la reacción de empresas y legisladores sería inminente", afirma la especialista en sostenibilidad Elena Salcedo

 

Unos manifestantes, ante el escenario que acoge la Fashion Week de Londres. - HENRY NICHOLS

NÚRIA MARRÓN
21/09/2019

Hasta no hace tanto, el gran momento dramático en la moda era cuando el diseñador –con estatus de genio y superpoderes para apresar el sentir de los tiempos en un dobladillo– salía a saludar tras el desfile y, por el arco de la ceja de Anna Wintour, descubría si de nuevo había dado lo mejor de sí mismo. Sin embargo, como han dejado claro los activistas climáticos que estos días han cortocircuitado la 'fashion week' de Londres, los dramas de la moda ahora son otros. De hecho, principalmente es uno y de un tiempo a esta parte se ha convertido en el rey de la conversación: ¿cómo se supone que el sector, edificado sobre fantasías y consumismo –se considera que la industria textil es la segunda más contaminante–, va a dejar de llevarnos a paso ligero hacia el colapso climático?

La pregunta, nada retórica, tiene algo de manicomial porque, de hecho, como apuntaba esta semana Jess Cartner-Morley, editora de moda en 'The Guardian', «la crisis climática ha puesto la moda en colisión con el Zeitgeist». Y estarán de acuerdo en que si alguna cosa ha buscado siempre con obsesión el sector ha sido leer los tiempos. Así, de entrada, la paradoja arroja un puñado de interrogantes prácticos –por ejemplo: ¿se puede seguir  alentando el consumo y produciendo nueva ropa sin dañar aún más el planeta?– y unos cuantos hamletianos: «Si la moda no se involucra en el futuro –añadía Cartner- Morley–, literalmente no es moda».

Precisamente, la capacidad del sector de modelar deseos y aspiraciones ha sido uno de los principales motivos por el que los activistas, dicen, han llevado sus 'performances' funerarias y sus carteles hasta los desfiles, el 'palco real' de un sector que desde la alta costura hasta la moda rápida ha vivido del fetichismo por lo nuevo. «La moda tiene una gran voz y debería estar usándola –afirmaba esta semana Sara Arnold, portavoz del grupo Extinction Rebellion–. Cuando suena una alarma de incendio, alguien tiene que levantarse y salir de la habitación. De lo contrario, nadie piensa que es real; necesitamos que la moda sea esa persona».


Nueva presión
Sin embargo, la industria textil, de momento, no va a ser esa persona, o no al menos como la desearían los activistas, que reclamaron  la cancelación de la pasarela porque «lo que está sucediendo en el sector no es proporcional a la crisis que vivimos». De hecho, aseguran que la producción de ropa seguirá creciendo hasta  un 63% para el 2030. Sin embargo, la industria, que durante años había evitado el escrutinio ambiental, ha empezado a rendir cuentas ante la creciente presión de los consumidores y de los reguladores. 


«Se veía venir que el 2020 iba a ser un momento de inflexión y que la reacción de las empresas y legisladores sería inminente», dice Elena Salcedo, cofundadora de la consultora Far&Sound y profesora de Esade y del Istituto Europeo de Design. Por ejemplo, el mes pasado y bajo los focos del G-7, un grupo de 32 firmas que incluye de Inditex a Chanel y de H&M a Burberry –que hace solo un año quemó productos sobrantes por valor de 32 millones–, firmaron el 'Fashion pact'. El acuerdo, encaminado a combatir el calentamiento global, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación de los océanos, ha sido criticado por insuficiente y no vinculante.

Sin embargo, Salcedo ve una parte positiva en el hecho de que el pacto comporta «un compromiso público, líneas claras de acción y alineación de esfuerzos», al tiempo que posibilita el efecto de irradiación y el poder hacer «seguimiento». Al fin y al cabo, los últimos informes, cuyas cifras están en disputa, son una sonora prueba de cargo. Según Naciones Unidas, el sector es el responsable del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, del 20% de las aguas residuales y consume más energía que las líneas aéreas y la industria naviera. 

Y luego están las cuentas pendientes, sobre todo en el sector de la moda rápida, con las condiciones de los trabajadores, los cuales, se estima, apenas reciben entre un 1 y un 2% del coste de una prenda y cuya realidad más miserable explotó en la cara en el 2013 con el derrumbe de la fábrica Rana Plaza de Bangladesh. Un frente, el laboral, en el que se va por detrás del climático, asegura Federica Massa Saluzzo, de la asociación Moda Sostenible de Barcelona y profesora en la escuela de negocios Eada. Básicamente, por «el laberinto de subcontrataciones y legislaciones» en el que se acaba convirtiendo la cadena de suministros y porque, al fin y al cabo, admite la experta, aumentar los costes de producción significaría cambiar de cuajo el modelo de negocio. Mas aún en la 'fast fashion', capaz de reponer estoc cada 15 días y vender camisetas a cinco euros a costa de silbar ante los derechos laborales y dejando tras de sí una fabulosa estela de vertidos, de emisiones por los largos transportes y de residuos: se estima que el 60% de las prendas acaban en el vertedero durante su primer año de uso.

Nueva conciencia
Sin embargo, coinciden las investigadoras, una nueva conciencia se está desperezando. Ahí están, por ejemplo, las nuevas generaciones de consumidores, que exigen mayores explicaciones sobre la huella ambiental y laboral, y la hornada de diseñadores que, como el británico Patrick McDowell, modisto de cámara de M.I.A., crean con lo que otras marcas desechan.

Pero más allá de eso, el nudo del debate sectorial, como el general, bascula entre si la industria debe decrecer o si realmente puede seguir creciendo devorando cada vez menos recursos y tirando de renovables, de avances tecnológicos y de líneas de negocio basadas en servicios, como el alquiler de ropa, el cuidado de los productos o incluso la reventa de artículos de lujo.

El decrecimiento
podría llegar no por la oferta, sino por la demanda, apuntan los analistas
En esta endiablada ecuación, un gran interrogante, el posible cisne negro de todo este asunto, asegura Elena Salcedo, podría ser la demanda. «¿Realmente la gente seguirá comprando tanta ropa en el futuro?». Por un lado, apunta la especialista, hay mercados ya saturados. Y por el otro, estudios que insisten en que un grueso importante de los más jóvenes están encontrando el sentido en cosas no materiales. «¿Podría ser entonces que el consumo llegue a pararse porque se haya descubierto que el vacío no se llena comprando?». 

La respuesta deberá esperar. Sin embargo, sí hay ya algo de 'antiguo régimen' en el carrusel de desfiles de estos días, y en todos esos telegramas que a pie de pasarela siguen dictando, como hace 15 años, los nuevos 'must' de las temporada o si han vuelto o no los pantalones chinos.