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El Periódico Mediterráneo

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Aniversario

Blake Edwards: reír por no llorar

Se cumplen este martes cien años del nacimiento del director de 'Desayuno con diamantes' y 'La pantera rosa, un autor que opinaba que entre la risa y el dolor, entre el humor y el terror, apenas hay diferencia. Nunca fue situado en el panteón de los más grandes, aunque no le faltaron méritos

Blake Edwards, en el rodaje de 'Desayuno con diamantes'.

Contaba Blake Edwards que en algún momento de 2001, tras pasarse la vida luchando contra la depresión, decidió cortarse las venas mientras miraba el océano desde la playa de Malibú (California). Ya asía una navaja de doble filo cuando su gran danés empezó a lamerle la oreja y su perro perdiguero, al mismo tiempo, dejó caer en su regazo la pelota que tenía entre los dientes. Al lanzarla para alejar a los animales, se dislocó el hombro. Y al tratar de recuperar la navaja, que había caído con el brusco movimiento, acabó pisándola. Mientras la sangre le manaba de la planta del pie, se dijo a sí mismo que aquel no era un buen día para quitarse la vida, y optó por acudir inmediatamente a Urgencias.

La anécdota funciona a la perfección como metáfora del método creativo que Edwards desarrolló en la mayor parte de su trabajo televisivo y sus 36 largometrajes. El director, que este martes habría cumplido 100 años, opinaba que entre la risa y el dolor, entre el humor y el terror, apenas hay diferencia. Los protagonistas de sus ficciones parecen deambular a través de un mundo frío y despiadado cuya seductora superficie oculta la amenaza omnipresente de la calamidad y el desastre, y nuestro entretenimiento pasa por su desgracia. Esa circunstancia granjeó al cineasta cierta reputación de sádico y quizá, a la larga, contribuyó a que nunca llegara a ser incorporado al panteón de los grandes directores pese a su sentido único del ‘timing’, su sofisticado manejo de los diálogos y su talento para narrar a través del movimiento de cámara y el encuadre.

Hay, por supuesto, más motivos. De entrada, el catálogo de Edwards contiene varias películas magníficas pero ni una obra maestra incontestable, algo que muchos atribuyen a la complacencia de la que hizo gala mientras se empeñaba en seguir dirigiendo nuevas secuelas de ‘La pantera rosa’ (1963) en lugar de de concentrar sus esfuerzos en empresas más valiosas. Y se trata de una filmografía desconcertantemente incoherente, que no solo combina géneros -’Chantaje contra una mujer’ (1962) es un thriller, ‘Dos hombres contra el Oeste’ (1971) es un western, ‘La semilla del tamarindo’ (1974) es un melodrama, ‘Víctor o Victoria’ (1982) es un musical- sino que los hace colisionar y aniquilarse mutuamente; tómese a modo de ejemplo ‘La carrera del siglo’ (1965), todo un diccionario paródico de géneros cinematográficos.

Edwards, además, dedicó buena parte de su vis cómica a elaborar ‘gags’ sobre lo vulgar, lo sórdido y lo incorrecto mucho antes de que ese tipo de humor fuera generalmente aceptado. Por su cine transitan ancianas que se tiran pedos, señores que necesitan hacer pis urgentemente pero no pueden y cadáveres que se pudren ante la indiferencia de la gente. Le gustan los acentos exagerados y explotar los estereotipos de raza; la película que lo dio a conocer, ‘Desayuno con diamantes’ (1961), fue considerada xenófoba por aquellas de sus escenas en las que aparecía el actor Mickey Rooney, caracterizado como un personaje japonés y ofreciendo un muestrario de clichés ofensivos. 

Diferencias creativas

No hay que olvidar, por último, que la maduración artística de Edwards coincidió con el colapso del Hollywood clásico, y así se explican las sonadas disputas que mantuvo contra los grandes estudios por el control creativo de sus películas. ‘Darling Lili’ (1970), el musical de espías ambientado en la Primera Guerra Mundial que supuso la primera de sus siete colaboraciones con la actriz Julie Andrews -se había casado con ella en 1969-, fue un rotundo fracaso de taquilla, y el director echó la culpa de ello a las constantes intromisiones que había sufrido de parte de los productores durante su rodaje; y sus dos películas posteriores, ‘Dos hombres contra el Oeste’ y ‘Diagnóstico: Asesinato’ (1974), fueron reeditadas sin su consentimiento. Desencantado, Edwards se marchó de Estados Unidos para instalarse en Gstaad (Suiza), y permaneció allí hasta que ‘10, la mujer perfecta’ (1979) le proporcionó un regreso triunfal. Posteriormente, sus batallas con el ‘establishment’ inspiraron ‘S.O.B.: Sois honrados bandidos’ (1981), salvaje sátira sobre la hipocresía y la maldad que imperan en la industria del cine.

Ya había criticado a Hollywood en la magnífica comedia ‘El guateque’ (1968), y posteriormente volvió a hacerlo en ‘Asesinato en Beverly Hills’ (1988). Era un asunto que conocía muy bien porque, en cierto modo, había nacido en el seno de Hollywood. Su padrastro, Jack McEdward’ siguió una larga trayectoria como asistente de dirección, y su abuelo, J. Gordon Edwards, había logrado bastante éxito dirigiendo películas en la era del cine mudo; quizá fuera él, pues, quien le transmitió el gusto por el ‘slapstick’, esa tendencia a retratar personajes que se pasan la vida cayéndose escaleras abajo o desde balcones o a través de agujeros, o dando tumbos en el interior de un plano general como una mosca zumbando junto a una ventana cerrada, o sufriendo algún otro tipo de daño corporal mientras la cámara los observa implacable. Él, en cualquier caso, solía citar otros referentes -Leo McCarey, Howard Hawks, Ernest Lubitsch- para explicar su interés en explorar las ansiedades y sinsabores causados por el amor, el matrimonio el trabajo y la batalla de los sexos.

En cualquier caso, con el paso del tiempo el cine de Edwards fue evidenciando cada vez más otra influencia: la de las sesiones de psicoanálisis a las que se sometió durante décadas; en ese sentido, resulta tentador asumir que el director buscaba efectos terapéuticos al hacer películas adornadas con detalles autobiográficos como ‘10, la mujer perfecta’, ‘Mis problemas con las mujeres’ (1983) -’remake’ de ‘El amante del amor’ (1977), de François Truffaut-, ‘Micki y Maude’ (1984) y ‘¡Así es la vida!’ (1986), conmovedor estudio sobre la depresión que coescribió a medias con su psicólogo, el doctor Milton Wexler. Esa fue su última película verdaderamente destacable, digan lo que digan los defensores de ‘Cita a ciegas’ (1987). La edad y esa fatiga crónica que decía padecer hicieron mella en su olfato cómico, y no hay mejor prueba de ello que la última película que dirigió, ‘El hijo de la pantera rosa’ (1993), con la que concluyó de forma nada lustrosa la saga que tanto había condicionado su carrera. En todo caso, aún le quedaba un gran ‘gag’ bajo la manga: en 2004, cuando la Academia de Hollywood le concedió un Oscar honorífico -el único que consiguió a lo largo de su vida-, apareció en silla de ruedas a toda velocidad y, tras arrebatarle la estatuilla de las manos a Jim Carrey, se estrelló contra una pared del escenario. Cómo no, la risa y el dolor, el humor y el terror. El método Edwards.

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