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El Periódico Mediterráneo

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Herbers, el Stendhal dels Ports

Escaparse por la deliciosa comarca castellonense dels Ports es un lujo al alcance de todos y totalmente necesario para el gozo físico y espiritual. La belleza de sus parajes naturales y lo pintoresco de sus pequeños municipios alcanza su máxima expresión en este bello pueblo que esconde auténticos tesoros.

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Herbers: la belleza mágica dels Ports Marina Falcó

La quietud que se respira en la comarca dels Ports, en el norte de Castellón, alcanza su máxima expresión en la pequeña localidad de Herbers (también conocida como Herbés). La belleza de su entorno y sus estrechas callecitas son visita obligada para los amantes de los pueblos con encanto y para aquellos que quieran huir del mundanal ruido reconectando consigo mismos en plena naturaleza.

El municipio de Herbers cuenta con apenas 53 vecinos censados, aunque durante las vacaciones, el alboroto de los niños vuelve a impregnar sus rincones y aquellos que tuvieron que mudarse a otras ciudades, retornan para disfrutar de la vida sosegada mientras se reencuentran con sus raíces y habitan de nuevo las casas de arquitectura de piedra tradicional que dominan el núcleo urbano.

Lo cierto es que el visitante puede impregnarse de esa paz en cuanto pone un pie en esta localidad ubicada en la parte más noroeste de la Comunitat Valenciana. Pero además no sería extraño que los turistas sufrieran el llamado síndrome de Stendhal, aquel cuyo origen se halla en la exposición ante la cantidad de riquezas artísticas de Florencia, pero que ya se puede decir que sucede en cuanto se observa una gran belleza.

Y es que esta reacción la provoca Herbers no solo por el inmenso atractivo de su entorno natural, sino que recorriendo sus calles se encuentran verdaderas joyas arquitectónicas que dejan con la boca abierta por la magnitud y la historia que tienen detrás.

El Castillo del Barón de Herbers

Fuera del núcleo urbano y situado en lo alto de una colina se halla esta casa palaciega del siglo XIV que ha sido cuidadosamente rehabilitado y que mantiene la estructura defensiva propia, en forma de muros almenados, el patio de armas y unas maravillosas ventanas de estilo gótico. Además, sobre la puerta de entrada, en lo alto del arco de medio punto, se mantiene el escudo de armas de una de las familias propietarias de esta casa, los Ram de Viu, de los que formó parte uno de los personajes más relevantes en las Guerras Carlinas: el Barón de Herbers.

Herbers: la belleza mágica dels Ports

Dentro del edificio se conservan algunas de las estancias como el salón del Diezmo, la nevera medieval, una nevera, diversas salas renacentistas y el salón noble. Este castillo domina desde las alturas el trazado de la localidad propio de la época medieval.

Para llegar hasta esta construcción se recorre una pequeña senda empedrada que nace a las puertas de la iglesia parroquial de Sant Bertomeu y desde la que pueden apreciar unas vistas envidiables del paraje que envuelve el municipio: «que la meta no te impida disfrutar del camino».

Si tiene la oportunidad de visitar este precioso lugar, no dude en buscar los antiguos relojes de sol que adornan algunas de las casas. Hornacinas, escudos de armas, argollas para atar a los equinos y gateras son algunos de los detalles que salpican las fachadas.

Degustar algunos de los platos que sirven en el mesón del pueblo, ubicado en la antigua lonja del siglo XVI y en cuya fachada se pueden contemplar los arcos góticos de piedra, y de paso charlar con los vecinos de Herbers que se reúnen en él.

Un marco natural incalculable

Quienes han tenido la fortuna en su vida de llegar a la conclusión de que el equilibrio, la paz y el sosiego no tienen precio son aquellos que saborearán en toda su dimensión la estancia en Herbers. No solo el encanto de sus calles son capaces de proporcionar la tan ansiada armonía sino que los parajes que enmarcan a la población son dignos de recorrer y disfrutar. Gozar del paisaje abrupto a través de las rutas senderistas que atraviesan el término nos llevarán a algunos de los pequeños ríos que discurren serpenteantes dibujando saltos y remansos en los que que parece que el tiempo no pasa.

No es en absoluto una mala idea disfrutar de un picnic a la orilla de estos riachuelos mientras uno mismo se reconcilia con el mundo y se pregunta de una forma inevitable si la vida es, en realidad, lo que ocurre en la naturaleza y en los pequeños pueblecitos que salpican el norte de la Comunitat Valenciana en este preciso momento y no la locura a la que nos aboca el día a día de las obligaciones.

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