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Tú y yo somos tres

La crítica de Monegal | Decide apostatar cansado de que le tomen el pelo

Antonio el apóstata (‘La que se avecina’).

Permítanme que hoy me desmarque de la ardiente actualidad porque acaba de ocurrir un resaltable suceso en ‘La que se avecina’. Esta teleserie –astracanada básicamente– hoy por hoy es lo que todavía le queda a la desballestada Tele 5 para alegrarse un poco. Es una producción elaborada tipo churro, un sistema de fabricación muy económico, que consiste en ir grabando ‘sketches’ o ‘gags’ largos, independientes entre sí, y que luego se van uniendo según la dimensión de la franja horaria en que se emite.

El humor que ahí se practica tiene ese aroma rancio, de épocas pretéritas, cuando triunfaban los sainetes para amenizar los entreactos o intermedios durante los siglos XIX y XX. La textura de los chistes y situaciones cómicas tienen ese sello casposo, típico de aquellas producciones que años atrás hacía el exventrílocuo Moreno en TVE. Pero en pleno siglo XXI a Tele 5 le funciona, y goza de una notable audiencia. El suceso de esta semana, al que me refiero, tiene un interés que a mi juicio trasciende la minúscula calidad que esta teleserie ofrece. Se trata de uno de sus protagonistas principales, Antonio Recio (Jordi Sánchez) que de pronto, abrumado, cansado de tanta desilusión, decide apostatar porque considera que a pesar de ser fiel cristiano, fervoroso creyente, el cielo no hace más que decepcionarle continuamente. Y decide irse a ver al cura de Montepinar para darse de baja como católico y abrazar la apostasía inmediatamente.

Es interesantísimo lo que le contesta el mosén para persuadirle. Le dice: «Antonio, piense usted que el catolicismo le permite la entrada gratis en más de 5.000 iglesias; también servicio de misa, comunión y confesión sin ningún coste y cuantas veces quiera. Y cuando le llegue la hora de partir, tendrá igualmente gratis el confort de la extremaunción, lo que le garantiza la entrada en el cielo». ¡Ah! Qué desesperación la del mosén. Qué esfuerzo, cuánto empeño, por retener a la oveja.

El problema de un pastor es quedarse sin rebaño, efectivamente. Entonces ya no es un pastor, es la mueca inútil de una sombra plantada sin sentido en el monte. Es como un ‘pal de paller’, sin ‘paller’. Es curioso, ni en Catalunya –ni en el resto de España tampoco– no hay registro de apóstatas. No conviene que el resto del rebaño se entere de la cantidad de ovejas que apostatan, cansadas de que les tomen el pelo.

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