Tras la detención del presunto culpable del doble asesinato en un aparcamiento del barrio barcelonés del Putxet, la policía ha acumulado rápidamente pruebas materiales, declaraciones incriminatorias y vínculos sospechosos. Pero difícilmente hubiese sido posible la brillante operación policial sin las diversas grabaciones de cámaras de vídeo, en oficinas bancarias y transportes públicos, que permitieron identificar a un joven anónimo, sin antecedentes ni vínculos conocidos con las víctimas. No es la primera vez que las cámaras de vigilancia son clave en la resolución de un delito: sucedió, por ejemplo, tras la muerte de un inmigrante en las aguas del puerto de Barcelona. Y en distintas ocasiones se han demostrado sus posibilidades intimidatorias y preventivas.

Sólo después de casos como éstos somos conscientes de la proliferación de estos mecanismos. De hasta qué punto estamos observados. En los espacios públicos y, también, potencialmente, en nuestras comunicaciones. Esta transparencia de nuestras vidas inquieta y genera reticencias justificadas. Pero está demostrando ser un factor positivo y válido, siempre que se utilice bajo control judicial y sin invadir la intimidad de las personas.