Hace unos días hablaba de la lentitud, un ejercicio que puede practicarse, de manera periódica y sabia, como una forma del arte de vivir. Y, casualmente, me llega hoy una breve información de Suecia que guarda una curiosa relación con la lentitud. Con una lentitud inconveniente.

En un hipódromo donde se celebran carreras muy importantes de caballos se había observado la progresiva pérdida de velocidad de uno de los caballos más destacados del momento. No se encontraba explicación para esta inesperada decadencia. Se consideraba la posibilidad de sacrificarlo, cuando un óptico, ya jubilado, pidió permiso para examinarlo.

Y descubrió que el caballo sufría una notable miopía. Hasta aquí todo parece normal. Pero la consecuencia del descubrimiento sí es extraordinaria: al caballo le han puesto gafas. Unas gafas fabricadas expresamente para él.

No sé cómo puede saberse qué graduación de gafas necesita un caballo. Naturalmente, no se le puede pedir que mire una letra y diga que es una A. Ni que diga si las letras las ve más precisas con un cristal u otro. Pero el hecho es que se ha logrado que el animal vea mejor, hasta el punto de que ha batido el récord sueco de velocidad. El espectáculo de un caballo con gafas, corriendo al galope, va más allá de lo que podíamos imaginar. Anécdota al margen, hay que reconocer que el progreso de la oftalmología es constante. La microcirugía y las formas más innovadoras de intervención quirúrgica han devuelto, o mejorado notablemente, la visión a mucha gente, y angustia pensar que en otros tiempos, en las mismas circunstancias, la ceguera era inevitable.

Pero también muchos de los invidentes pueden convivir positivamente con su problema. Mis amigas Aurora y Maria son un ejemplo. Una voluntad admirable, una formación adecuada, las posibilidades laborales y la mejor comprensión social pueden conseguir lo que antes se habría considerado un milagro. Aún hay mucho camino por recorrer. Y ahora ya sabemos que hacer este camino es hacer justicia.