Cuando el Consejo de Seguridad recupera el protagonismo que nunca debió perder, el rechazo de EEUU a la petición de Hans Blix de que los inspectores vuelvan a Irak y las amenazas contra Francia confirman que el presidente George Bush pretende utilizar la victoria militar para imponer sus puntos de vista e intereses económicos, no para restablecer la legalidad internacional conculcada. Un gesto conciliatorio francés, al proponer la suspensión provisional de las sanciones contra Irak, sólo mereció una respuesta desabrida del secretario de Estado, Colin Powell, advirtiendo de que la oposición de Francia a la guerra tendrá consecuencias.

La dialéctica de la confrontación preferida por Washington no augura nada bueno para el pueblo iraquí, para Oriente Próximo y para la comunidad internacional. La certificación de los inspectores resulta absolutamente necesaria para el levantamiento de las sanciones, cuya decisión, a su vez, compete inexcusablemente al Consejo de Seguridad. Todo parece indicar, sin embargo, que Washington busca un atajo para imponer su criterio, castigar a los que no acatan sus dictados y degradar aún más el prestigio del orden internacional encarnado por la ONU.