Las historias se repiten. A veces los mismos episodios regresan de nuevo a la actualidad, cuando alguien se empeña en rescatarlos del olvido. Entonces surgen coincidencias, paralelismos, aventuras que parecen calcadas, aunque las protagonicen personajes distintos. Durante estos últimos días, una mujer de vida apacible y gris ha saltado a la actualidad. Se ha convertido en noticia, a pesar de que su existencia tenga hoy pocos rasgos noticiables. Tiene 60 años, es viuda, tiene dos hijas, vive en el East Side de Manhattan y trabaja como administradora en una iglesia presbiteriana de la Quinta Avenida. Se llama Marion Fahnestock.

Hasta aquí todo absolutamente predecible, una vida sin demasiadas sorpresas, circunscrita a una cotidianeidad estricta. Hace 40 años, sin embargo, cuando era una muchacha alta y esbelta, cuando tenía el cabello rubio y 19 espléndidos años todo fue diferente. Entonces trabajó como becaria en la Casa Blanca. Conoció al presidente John Fitzgerald Kennedy y vivió una historia de amor en el Despacho Oval. En aquella época, se multiplicaron los viajes en el Air Force One, las escapadas nocturnas, las fiestas para dos. Ella fue la protagonista de una historia intensa que quiso enterrar en el silencio y que ahora, una vez desvelada, se ha limitado a reconocer.

John Fitzgerald Kennedy fue conocido por su larga y turbulenta lista de amantes. Su historia con la joven becaria fue sólo un eslabón añadido a una larguísima cadena. Cuatro décadas después, sin embargo, otro presidente norteamericano, Bill Clinton, fue juzgado con extraordinaria dureza por los estadounidenses. Su relación con una becaria, Monica Lewinsky, le lanzó a las garras de los peores felinos. El Despacho Oval se convirtió en punto de mira de la morbosidad de muchos. Miren por donde, Clinton ni siquiera fue original.

De todas formas, ninguno de ellos lo fue. Las historias entre presidentes y becarias, o entre profesores y alumnas, o entre directores y secretarias son el pan nuestro de cada día: relaciones vulgares de tan repetidas, de tan sabidas.

La gente tiende a lo fácil. Muchos hombres se inclinan por quienes tienen más cerca para vivir sus escarceos amorosos. No se trata de ninguna proeza. No se arriesga nada, no se apuesta fuerte. A veces, no es ni siquiera una historia de amor.