Desaparecerá el fútbol? Planteada así, la pregunta parece una tontería. Pero en su época tampoco nadie creía que desaparecería el Imperio Romano y ya ven. Por eso hay que mirar con lupa la carta de los clubs de fútbol dirigida a Mariano Rajoy. Si el reconocimiento de una deuda global de 1.625 millones de euros (270.377 millones de pesetas), en vez de ellos lo hubiese hecho una empresa de telecos o un banco multinacional, ya se habría declarado en quiebra. Pero el fútbol, no.

En la misiva entregada en mano por el salmantino Pepe Hidalgo en representación de los clubs, se pide nada menos que "una tregua fiscal", ya que "el fútbol está en permanente crisis económica", la cual "ha generado un efecto inflacionario descontrolado". Ya. Si usted o yo, querido lector, pedimos una tregua fiscal en la ventanilla de Hacienda, las carcajadas del funcionario de turno se oyen hasta en una asociación de sordos.

Por eso, insisto, no nos hallamos ante un tema menor. ¡El fútbol, nada menos! En tiempos de mi admirado Telmo Zarraonaindia (Zarra), un futbolista de élite entrenaba por la mañana y luego, por la tarde, ayudaba a su padre en la estación ferroviaria de Mungia, tras haberle fichado el Athletic por 4.000 pesetas más otras 500 de sueldo mensual. Ahora, que se lo cuenten a los Ronaldo, Figo, Zidane y compañía.

El desmadre económico del fútbol español es reciente. El boom se produjo tras la aparición de las televisiones privadas en 1989 y la consiguiente puja por retransmitir partidos que multiplicó exponencialmente su precio y llenó a rebosar las arcas de los equipos. Como vestigio de la época proteccionista anterior, de televisión única y partidos gratuitos en abierto, la Administración obligó entonces a emitir al menos un partido semanal bajo aquel sistema, arguyendo que el fútbol era "un servicio público". O sea, que equiparaba el suministro de fútbol al del transporte, la electricidad y demás consumos básicos.

Espoleados por un dinero fácil y en aumento --inagotable, según parecía entonces--, los clubs se lanzaron a una desenfrenada carrera por el "yo más", convirtiendo a unos rústicos futbolistas en millonarios de nueva estirpe. Todos tan felices, hasta que el desequilibrio entre gastos crecientes e ingresos estancados --crisis publicitaria, recortes televisivos, menor afluencia a los estadios...-- ha llevado las cosas adonde están.

En vez de hacer una autocrítica propia de personas mayores, los dirigentes deportivos, entre los que hay gente tan singular como Ruiz de Lopera, José María Caneda o Teresa Rivero, entre otros, siguen la tradición de un país con vocación perenne de subsidio y acuden llorando a la Administración. Otras ligas profesionales, con un sentido empresarial más arraigado, como la NBA, pagan sueldos aún más elevados a sus jugadores pero, inteligentemente, han establecido unos topes salariales y regulado la lógica relación entre ingresos y costes. No les falta razón, sin embargo, a nuestros pastueños directivos en alguna de sus consideraciones. Me refiero a una muy concreta: el descalabro económico que supone descender de categoría, caer en ese "infierno" de la Segunda División, como la bautizó el irredento Jesús Gil. Es algo tan dramático para un club como lo sería para Coca-Cola perder el secreto de su fórmula. Por eso, si el fútbol de élite tuviese un númerus clausus de equipos, como sucede en las ligas profesionales norteamericanas, aquéllos sólo tendrían que competir para ganar, sin necesidad de inflar unas plantillas con las que no saben qué hacer luego, en caso de descenso.

Este estado de cosas resulta evidentemente insostenible, con la eventualidad de que nuevos clubs sigan el penoso camino en el que los han precedido Logroñés, Cádiz, Burgos y alguno más. Pero ¿puede desaparecer el fútbol? O, al menos, ¿cambiar radicalmente la situación actual?

Pensar lo primero pondría los pelos de punta a millones de individuos que viven en función de él, disfrutan con la expectativa del próximo partido, se excitan cuando tiene lugar y gozan con la euforia de la victoria o se desesperan con la frustración de la derrota. ¿Podrá suceder algo así cuando argentinos que no tenían ni para comer pagaron cantidades exorbitantes por los boletos de la final de Liga? ¿O cuando un simple partido costó la guerra entre Honduras y El Salvador en 1969? ¿O cuando un salvaje fue capaz de matar hace cinco años al hincha donostiarra Aitor Zabaleta por el simple hecho de serlo?

Estas son preguntas sin respuesta, hechas solamente para reflexionar.