La celebración, ayer, en una base aérea de Las Palmas, del Día de las Fuerzas Armadas, fue el fiel reflejo del pésimo momento de las relaciones entre el ministro de Defensa, Federico Trillo, y la cúpula militar tras el accidente aéreo que costó la vida a 62 militares españoles que regresaban de una misión humanitaria en Afganistán. El perfil bajo del acto de ayer --celebrado casi a puerta cerrada-- respondió a la doble circunstancia del duelo de los militares y al miedo del Gobierno a que pudieran producirse nuevas situaciones complicadas para el ministro, como ocurriera el miércoles en el funeral celebrado en la base de Torrejón. Una vez más, el Rey hizo ayer el papel de apagafuegos entre militares y políticos, y reclamó a los mandos del Ejército comprensión por el tono desangelado del acto.

Pero, para Trillo, la prueba de fuego no era el acto de ayer y posiblemente tampoco lo será el resultado de la investigación del accidente de Turquía. El futuro político del ministro se juega en su capacidad de recomponer las relaciones con la cúpula militar cuando llueven los testimonios de que los gastos de Defensa tienen agujeros negros tan lamentables como los que llevaron a alquilar el avión ucraniano siniestrado.