En la vida de las personas hay momentos fuertes. Así el aniversario de bodas. Lo mismo sucede con las sociedades: las fiestas locales, las autonómicas... Pero algunas fechas van más allá. En el mundo occidental todos celebran la navidad. También el Carnaval, aunque no llega a tanta gente. ¿Qué celebramos en Navidad? ¿Es simplemente una rutina, una costumbre o es algo más?

La primera respuesta nos dice que la navidad es un periodo en el que hemos interiorizado que hay que ser amables, procurar aparcar nuestras diferencias, cabreos y problemas, y ofrecer nuestra mejor cara. Es como un parón en nuestra vida, nos reunimos, nos hacemos regalos, nos deseamos felices fiestas y próspero año.

Hay quien piensa que es un periodo de hipocresía en el que olvidamos nuestras desavenencias y rencillas y, si es posible, escamoteamos nuestros odios. Para algunos la navidad es el periodo de la falsedad por excelencia. Algo de eso puede haber pero ¿no es acaso, la manifestación, como el carnaval, de que queremos ser de otra manera, de que deseamos que nuestra sociedad sea diferente, nuestras relaciones mejores? Además, a diferencia del Carnaval, y la diferencia es de capital importancia, a cara descubierta, sin más fachada que la cara que sepamos poner. No nos enmascaramos. Queremos ser de otra manera, sin caretas.

Si, la Navidad es un paréntesis en nuestras vidas: manifestamos que quisiéramos ser de otra manera. Aun a sabiendas de que será por poco tiempo. Tiramos la casa por la ventana, gastamos en pescados y mariscos que sabemos que estarán más baratos pocos días después, penaremos para subir la cuesta de enero, engordarán aún más los que ya están engordados y los obsesos de la línea se la saltarán por unos días, haciendo el agosto de gimnasios, médicos expertos en dietas, artilugios y técnicas adelgazantes. Los directores de los periódicos ya habrán encargado a sus redactores y a los Subijana, Adri , Arzak y demás maestros del pecado gastronómico que preparen páginas y páginas de comilonas navideñas... y dietas posnavideñas. Ya verán, dentro de poco, los psicólogos nos hablarán del síndrome posnavideño: unos kilos de más en la tripa, bastantes euros menos en el bolsillo.

Pero la navidad es más que comilonas, caras bonitas, fiestas y regalos. La navidad es, todavía, una fiesta familiar. Mientras haya familia habrá navidad. Se habla mucho de la crisis de la familia. Pero si crisis hay, es crisis de éxito, de exigencia. La familia es la institución social más antigua. No queremos vivir solos. Queremos vivir felices con otra persona y que nuestro amor, no sólo perdure sino que se traslade a nuestros hijos. Lo que sucede es que, en una sociedad que cada día es más agresiva, pedimos más y más a la familia. De ahí su éxito y su fragilidad. De ahí que muchas veces no logremos lo que nos hemos propuesto.

El amor se marchita y lo que se pensó como un espacio de cariño y ternura se convierte en flor mustia si no en corona de espinas. La separación se hace inevitable. La familia se rompe a nuestro pesar, incluso con alivio cuando la situación se hace insoportable.

Pero esto no supone la muerte de la familia y, en consecuencia de la navidad. Lo que puede acabar con la navidad es cuando la familia se agote en la pareja. Más precisamente, cuando la pareja no se constituya como un proyecto de vida en común, abierta a la educación de hijos, propios o adoptados, sino como una unión de dos personas que deciden vivir juntos, a veces sin convivir, y ello mientras el otro, la pareja, me ayude, a mí, a seguir viviendo. No hay proyecto en común, ni al inicio.

No creo que estemos ahí aunque hay pensadores y sociólogos de la familia, aquí al lado, en Francia, que pronostican en el futuro este modelo de familia. Entre nosotros las encuestas nos dicen que la gente quiere casarse, compartir la vida con otra persona, tener o adoptar hijos e hijas y educarlos. Mientras ese deseo exista, aunque haya fracasos, aunque suba la tasa de divorcios y separaciones, aunque aumente también el número de hijos e hijas que nazcan fuera del matrimonio, la familia seguirá viva y con ella la Navidad. Ahora sí, con mayúscula.