Construidas como cada mañana mis torres de arena, repasando mis días vividos y mis noches soñadas, me encontré en mi primer paseo con el profesor de antiguos saberes Manuel Irún Revest, que airea este verano el nombre de su amada Grecia, desde el orgullo futbolístico por lo de Portugal, el aroma olímpico que ya se percibe y su piso en la isla de Corfú. Luce su camiseta de azul griego y en su entorno se arremolinan ya que no sus alumnos, si sus nietos a quienes muestra la leyenda impresa: Ellás, es decir, Grecia. Proclama con orgullo su grecismo o helenismo, es decir, su adhesión a lo griego, según doña María Moliner.

Pero también me habla del barón de Coubertin y de aquella primera olimpiada de la nueva época, en 1896, inaugurada por el rey Jorge I en el estadio olímpico de Grecia. En los primeros tiempos, en época anterior a Cristo los atletas disputaban las diferentes pruebas deportivas descalzos y sin ropa. Las mujeres no podían participar ni siquiera como espectadoras, aunque ya fueron admitidas en 1908, cuando comenzaron a ganar medallas, que entonces solamente eran de plata y bronce.

Y al llegar estos nuevos Juegos Olímpicos 2004, me pide el corazón que le dedique un recuerdo a mi tío Manolo Sabater Gil-Traver, que fue fundador de la Cultural Deportiva de Castellón en 1932 y con el que viví varias olimpiadas, frente a la tele. Pasaba cada año tres semanas con nosotros en Arenal y a sus más de ochenta años era un espectáculo su exhibición de natación con los cuatro estilos, de escollera a escollera de la Almadraba.

Pero aquel domingo estuve muy entretenido con la parafernalia final de la Marxa al Bartolo, en su sexta edición, puntuable para la Copa de España de carreras de montaña. Salieron mil doscientos atletas de mañanita y fueron llegando durante toda la mañana algo más de mil a la meta instalada en el paseo marítimo, entre el kiosko de periódicos de Jorge y el Jota´s de Vicente, a quienes vi algo agobiados por el barullo, pero lo cierto es que deslumbró el comportamiento de los atletas y el entusiasmo de los más de cien miembros de la organización, masajistas, cuidadores, encargos de avituallamiento, médicos y jueces.

Participé viviendo la fiesta del final de carrera entre sandías y actimeles, recogiendo los diplomas de los tres atletas --dicho sin ánimo de ofender-- de Arenal, mi hijo Pablo, el procurador José Luis Medina Gil-Gasset, a quien ya esperaban su mujer Gusa-Gema y sus tres pequeños hijos, tataranietos del insigne don Fernando Gasset Lacasaña, con amplia representación hereditaria en estos entornos marinos, donde aparece igualmente estos días la saladísima Aitana Gual Mira de Orduña, nieta de Elisa Gil.

El tercer atleta es Luis Roca, el sagaz comerciante de la calle Enmedio, que llega del Bartolo herido y maltrecho aunque muy feliz porque quien lo recibe, lo cura y lo cuida es Mariló, después de mojar los dedos con sus labios.