Del supermillonario mallorquín Juan March se cuenta que fue encarcelado por la República y que, previamente sobornados, se escapó con sus guardianes. El caso se ha recordado ahora, después de que ha sido destituido el director de la prisión de Alcalá-Meco por el trato de favor que recibía el exbanquero Mario Conde.

En sus mismas condiciones, los reclusos sin el nombre famoso y sin el rostro que fue habitual en el papel cuché sólo podían recibir a sus familias una vez al mes. El que fue capitoste del Banesto, en cambio, recibía un mínimo de seis visitas y hasta el doble, de mucha más duración y en horas que no estaban permitidas a los demás.

Al saber la noticia de las irregularidades que se cometían, buena parte de la ciudadanía ha exclamado que ya era hora de que se pusieran al descubierto. No es que sean personas bien informadas, conocedoras de lo que ocurre detrás de las paredes de las cárceles. El trato de favor a los que han sido personajes adulados por la fama y elegidos por la fortuna se da por supuesto. "¿Le preparo unas pastitas para ofrecérselas a sus visitantes, Mario?". Así cree la opinión pública que es la relación de algunos presos selectos con sus carceleros, lo que convierte a algunos funcionarios en criados.

Ha hecho bien la directora de Instituciones Penitenciarias, la señora Mercedes Gallizo, en aplicar la sanción máxima que prevé la norma para los funcionarios que hacen un uso discrecional del principio de que las leyes rigen igual para todos, lo mismo para un exbanquero que para el chorizo del tocomocho. Si éste ha de ser un país serio, no puede haber excepciones en el cumplimiento de lo que está mandado y sólo así la sociedad se convencerá de que no hay privilegiados entre barrotes.