Era lógico que, en las actuales circunstancias, la cumbre hispano-francesa celebrada ayer en Zaragoza destacara la cooperación antiterrorista. El buen funcionamiento de la colaboración policial contra ETA, demostrado una vez más con la reciente captura de la plana mayor de la banda en el sur de Francia, ha sido uno de los logros más importantes en las relaciones entre ambos países en la última década. En momentos de cierto distanciamiento no se olvidó esta prioridad. Y ahora, cuando se abre un nuevo periodo de mayor entendimiento, se refuerza este compromiso con la intención de coordinar la lucha contra la nueva amenaza del terrorismo islamista.

Pero entre España y Francia hay muchos otros asuntos de interés común. La idea nuevamente compartida de la construcción de una Europa fuerte, que pasa por refrendar su nueva Constitución, así como numerosos problemas transfronterizos, desde la emigración y la delincuencia organizada a las conexiones energéticas y las comunicaciones terrestres. Hasta ahora, Francia no ha considerado prioritarias estas últimas cuestiones, que son precisamente las que permitirán calibrar hasta qué punto van a mejorarse las buenas relaciones entre ambos países.