En los últimos días, el Partido Popular ha reclamado dos dimisiones, ha forzado la suspensión de un pleno del Congreso a puro pulmón, se ha ausentado de una votación con salida del hemiciclo a toque de dedo de Acebes, ha insinuado que no hará campaña a favor de la Constitución Europea, ha dejado entrever que vetará cualquier reforma constitucional y, ya metidos en gastos, ha reprobado de corazón al ministro de Asuntos Exteriores y al presidente del Congreso. Todo esto sin contar a Aznar y su "claro" y "brillante" ejercicio de piedad y humanidad a lo largo de sus 10 horas de comparecencia ante la comisión del 11-M, como no se cansó de repetir exhibiendo triunfal su reloj, mirando a Acebes con cara de decirle "una hora más que tú, por algo era el jefe".

Vaya por delante que donde casi todo el mundo sólo parece ver crispación, servidor observa normalidad democrática, un poco tensa, pero normalidad al fin y al cabo. A las pruebas me remito: gracias a que vuelven a zurrarse como Dios y Weber mandan, sabemos un poco más sobre en qué se gastaba el dinero de sus impuestos y los míos. Donde tantos ven disturbios dialécticos, servidor observa el orden de un Gobierno y una oposición haciendo su trabajo. Porque sin oposición, no hay deliberación pública, ni debate, ni tampoco nadie con quien verse en la obligación de alcanzar compromisos. Sin deliberación y sin debate públicos no hay conflictos y el sistema deja de funcionar correctamente como mecanismo de elección. Sin la necesidad de compromiso, la democracia se desequilibra. El consenso es un bien sobrevalorado entre nosotros por haber sido siempre escaso, mientras que tendemos a infravalorar el conflicto por haberlo padecido en exceso.

La anormalidad histórica constituida por el aznarismo nos dejó tan hartos de ser apuntados con el dedo mientras nos aplicaba la ecuación Aznar --discrepante igual a desleal, desleal igual a cómplice y cómplice igual a culpable-- que estábamos deseando un atracón de talante y buenas maneras. Pero ya vamos bien servidos. En política, como en la vida, la virtud suele estar en la justa medida. La calidad democrática avanza sobre el consenso, pero también sobre la habilidad para revelar los conflictos.

Tras meses de andar sonados, ejerciendo de feroz oposición contra Ruiz Gallardón, los populares dan signos de recordar cuál es su misión: oponerse por tierra, mar y aire. Eso le va venir muy bien a un Gobierno mal acostumbrado a que todo le salga gratis o por cuenta de la casa, con querencia excesiva a valerse de la sombra alargada y triste de su antecesor.

Cierto es que que la derecha ha vuelto al trabajo acelerada. Tanto que de mantener este ritmo, durante los tres años y pico de legislatura restantes, la noticia será si han votado o no han pedido una dimisión. Cierto es que la derecha ha retornado algo desenfocada. Tanto que lo llamativo no reside en la virulencia de sus actos, sino que tanta andanada cabalgue sobre acontecimientos que no tienen mucha pinta de excitar la libido del votante medio: si dijo o no un ministro en la televisión o una indescifrable historia sobre los métodos para elegir jueces y su impacto sobre la rígida aritmética partidaria en vigor, en un poder judicial sobre el cual si hay algún consenso social es que funciona mal y algo debería hacerse al respecto.

Puestos a elegir palos por donde ensartar a este Gobierno, los tienen mejores, más grandes y más del interés de sus votantes. Ahí van tres, por echar una mano. Las alegres correrías del Ministerio de la Vivienda, a punto de convertirse en un verdadero buque fantasma surcando los procelosos mares de la Administración. Las cifras del paro, creciendo por tercer mes consecutivo sin que ni un solo portavoz del PP haya siquiera hecho una mención. El Plan Galicia y la escandalosa comparecencia de la ministra de Fomento en el Congreso, convertida en un replicante de Paco Cascos, por su agresividad y desparpajo en el uso de la propaganda.

Feroz, virulenta, mal educada y faltona, hasta puede que empeñada en acortar a toda costa la legislatura, un objetivo, por cierto, tan legítimo como otro cualquiera. Circunstancias coyunturales que pasarán mientras lo importante permanece: la derecha vuelve a serlo y a oponerse. Evidentemente necesita aún un poco de tiempo para completar su recuperación. Pero esa es una necesidad común a un país con un cuadro común de síntomas de choque postraumático, sólo que ni usted ni yo hemos perdido unas elecciones que creíamos ganadas.

Tampoco es dificultad menor que la dirección popular siga en manos de un grupo de visionarios, imbuidos del convencimiento de estar en misión divina para demostrar que perdieron, pero no fue culpa suya. Pero Rajoy es hombre tranquilo. Todos sabemos que el tiempo juega a su favor.

El lunes 29 de noviembre, el presidente de honor del PP firmó su carta de despido político. Lo sabemos él, la cla despiadada que le aplaudía, Rajoy mientras le miraba por la tele fumándose un puro, usted y yo.

Tampoco ayuda cierta tendencia a hacer de oposición de la oposición rastreable entre la mayoría gobernante. Pero visto que en materia de pólizas y seguros nada es seguro, el Gobierno socialista debería tener presente la única certeza que dejan siempre sobre la playa las mareas de la política. A corto plazo, las encuestas castigan a quien se instala en la bronca, pero al final, más temprano que tarde, la culpa acaba siendo del Gobierno. Ya lo decía Disraeli: ningún Gobierno puede mantenerse sólido mucho tiempo sin una oposición temible.