El poder quiso perpetuarse a cualquier precio. El mismo gobierno que nos metió en una guerra ilegal no dudó en regatearle al pueblo español algo tan extraordinariamente sencillo y, al tiempo, valioso, como la verdad. Todavía no se han enterado que la dignidad afortunadamente cotiza alto en la bolsa electoral de nuestro país. En relación con la tragedia del 11-M y el desarrollo de la comisión de investigación creada en sede parlamentaria, resulta evidente que la derecha española no asume su derrota. En política, como en la vida misma, uno tiene que saber cuándo se ha equivocado. Lo contrario conduce a la caricatura, al esperpento. Si llegar tarde a un análisis serio y riguroso de la realidad ya es un problema, no llegar nunca deviene en delirio. Delirante ha sido constatar que, en el curso de las sesiones de la citada comisión, al PP sólo le interesaba rondar por aquello que deslegitimara el resultado electoral. Las víctimas y el dolor por tanta muerte y desesperanza parecen elementos secundarios en una historia que nos ha permitido ver desmaquillados a los de siempre. Causa angustia democrática tanta mediocridad política en medio del martirio de tantas familias.

Entre el fatídico 11 de septiembre y el día de las elecciones mediaron 3 jornadas en las que el gobierno de Aznar trató desesperadamente de manipular la opinión pública buscando réditos electorales. Nunca se conoció mayor nivel de impudicia (por respeto a la proximidad geográfica, no recordaré la actitud sectaria de algunos dirigentes populares en la propia convocatoria castellonense de la manifestación del día siguiente). De entre todos los pasajes vividos aquellas horas, uno de los más lamentables fue la instrucción dada por la exministra de Asuntos Exteriores a nuestros cuerpos diplomáticos esparcidos por todo el mundo para mentir e intoxicar con la verdadera autoría del atentado.

Pero no hace falta que lo digamos quienes podemos ser poco objetivos. Lo dijo masivamente el pueblo español echándolos del poder. No es que el atentado influyera como obsesivamente proclaman los ahora inquilinos de la oposición. La derrota venía larvándose con mucha anterioridad. No sólo lo mostraban las encuestas y la intención del voto, sino que se forjó en el paulatino descubrimiento ciudadano de un gobierno envanecido de gloria que despreció reiteradamente la verdad. Entre otras muchas causas, las mentiras en la catástrofe del Prestige y la inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak a pesar de que Aznar certificó lo contrario, marcaron el signo de un gobierno agotado y en fase terminal. A lo sumo, el 11-M permitió la caída acelerada de una máscara a la que el poder se agarraba para no exhibir sus vergüenzas.

A la comisión del Congreso de los Diputados los exdirigentes de este país debían haber acudido con otra vocación. Efectivamente, se trataba de conocer la verdad para, en el tema que nos ocupa, no repetir los mismos errores. Los errores de un gobierno que, por qué no decirlo, no había previsto lo que pasó e incluso, del tenor de algunos testimonios, parece como si se hubiese subestimado la posibilidad de un atentado de corte islamista fanático en nuestro territorio. Pero nadie les debemos reprochar nada porque los únicos culpables son siempre los terroristas. Volviendo al tema, lo verdaderamente importante no es saber por qué el PP perdió las elecciones. Lo que importa es que no nos vuelva a pasar. Entérense sr. Zaplana y sr. Acebes. Junto al expresidente constituyen el trío que trató desesperada e inútilmente de tapar la verdad a cualquier precio. Pero la verdad dicen que tarde o temprano (más temprano que tarde en este caso) termina por asomar su resplandeciente y, para algunos, incómodo rostro. Se trata, insisto, de que no vuelva pasar. Nuestro país y el mundo entero necesitan mejorar los niveles de seguridad. Fomentar un orden internacional justo y solidario debe ser el primer nivel de respuesta y, sin duda, también perfeccionar los mecanismos de la defensa común contra el terror. Se trata de salvar vidas. Todas las vidas posibles.