La comparecencia, en la comisión de investigación del 11-M, de Pilar Manjón (dicen que militante de Izquierda Unida, pero eso nada importa, pues leyó un comunicado consensuado por todos los familiares de las víctimas) ha puesto sobre la mesa de la actualidad, por su lado más trágico, un hecho que jamás debiera sorprender en una democracia, pero que hoy sorprende y no sólo en la democracia española: la voz de la calle, la voz del pueblo, como sorpresa inaudita, ante unos políticos, a ratos atónitos (como si nunca hubieran oído esa voz), precisamente ellos, que no son otra cosa que los representantes de la voz que, súbitamente, les asombra.

¿Conocen los políticos realmente lo que ocurre en la calle?

Si los ciudadanos tenemos cada día, a través de casi todos los medios de comunicación, un baño de política, ni siempre querida ni siempre bien entendida, sería más que lógico pedir la necesaria contraprestación de que esos políticos tuvieran, con cierta asiduidad, un baño de calle. Porque es obvio que les hace falta, desde los tiempos en que el ya lejano expresidente Adolfo Suárez hablaba de "volver normal en política lo que es normal en la calle".

Y no entendemos por "calle" el lumpen o la marginación --que también lo son--, sino más sencillamente el mundo del ciudadano medio, de toda edad y condición, que no suele tener más derechos o privilegio, en su tirar del carro para llegar a fin de mes, que su propia condición de ciudadano supuestamente libre y representado por políticos de diferentes tendencias que conviven en un Parlamento, también libre, y en cierto sentido más poderoso que el propio Gobierno.

Cuando ganan su escaño (y no digamos si ganan dignidades de mayor eco mediático) los políticos entran a formar parte de una casta y de un gueto privilegiados. Muchos tienen escolta --ciertamente importa la seguridad-- y comienzan a ser invitados (también en la izquierda) a cenas y saraos del poder financiero o llanamente "famoso", a los que no pueden faltar porque, entre otras cosas, descubren enseguida --si no lo sabían antes-- cuánto poder habita fuera del poder sancionado por las urnas. El poder de la plutocracia, el de las aristocracias tituladas o no, el de los directivos de empresas y hóldings, el de las diferentes iglesias, etcétera.

Algunos políticos (generalmente de izquierdas) te confiesan, más o menos en privado, lo poco les gusta acudir a estas cuchipandas casi siempre productivas, de lo que algún autor francés llamó "la tribu dorada"; pero el caso es que van. Y así, en razón de su puesto o por mor de este otro universo de poder que la calle ignora o ve solamente en su parte más lúdica y trivial, el político democráticamente elegido por la calle termina, como gráficamente se decía antes, únicamente pisando alfombras.

Hay alguna excepción, por cierto, pero son muchísimos los políticos que de la real vida media, de la lucha por la vida, terminan sabiendo sólo lo que les cuentan los informes técnicos o los periódicos. Y eso (de ahí la contradicción) que ellos representan a esos ciudadanos que hemos dado en denominar "la calle". ¿Qué hacer para que los políticos se mezclen con sus representados, y no sólo cuando, en campaña electoral, visitan de paso, ramblas, mercados o escuelas? Porque esas visitas buscando votos son reales, pero no lo son, ya me entienden. Muchos ciudadanos, cuando llega el poder a su vera paralizan momentáneamente su pulsión de vida, esto es, se vuelven por unos instantes políticamente correctos, cuando en verdad no lo son. ¿Por lo insólito?

Un signo curioso y abundante del olvido en que la clase política suele tener al ciudadano que la eligió, lo tenemos en los insultos y descalificaciones, últimamente frecuentes, que esos políticos, como chiquillería mal educada, se dirigen entre sí. Podemos entender (aunque no sea bonito) que Ángel Acebes odie a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, o incluso que Josep Lluís Carod-Rovira deteste a Josep Piqué, pese a que hable buen catalán, pero cuando se lanzan dicterios y puyas, ¿olvidan que ellos no son ellos?

Los políticos nos representan a nosotros, nunca se representan a sí mismos, de modo tal que cuando se ponen la zancadilla porque no se pueden ver (aunque luego, en las cenas del ultrapoder, son mucho más educados y simpáticos entre sí, pero ahí no los vemos) están zancadilleando en realidad a los miles de votos que hay detrás de ese diputado. Los nuestros.

No debiéramos sacar entonces la muy fea --horrible-- conclusión de que los políticos, con sus fierezas, nos están invitando, puesto que nos representan, a zancadillearnos entre nosotros. Algo siempre peligroso y más en España, con sus pluralidades, en el arriscamiento idénticas.

Es obvio que a los políticos de ahora mismo (y las mayores excepciones están a la izquierda) les falta contacto con la vida cotidiana. Como algún emperador romano --con otros fines-- debían recorrer de cuando en cuando, y de incógnito, bares, restaurantes, garitos, discotecas, barrios humildes, mundos y gentes del pan llevar de ahora, para entender (como el otro día con la señora Manjón) por qué la calle dice pasar tanto de la política; por qué tantas veces vamos a votar no por convicción hacia un determinado político, sino por tenaz convicción hacia la democracia, y por qué, en fin --y por eso se echan las manos a la cabeza-- la política (y la judicatura, el poder en general) tan raramente está al vivo nivel de la calle.

¿Y qué es la política lejos de la vida? Sólo Poder, ahora inevitablemente con mayúscula, esto es, el que se aparta de la gente para constituir un mundo distinto, contra la gente, aunque no lo diga.