El Partido Socialista (PS) portugués obtuvo por primera vez la mayoría absoluta en las elecciones del pasado domingo. Pero la euforia de su líder, José Sócrates, queda ensombrecida por el reto de afrontar la crisis del país generada por el agotamiento de su modelo de desarrollo, fundado en los bajos salarios y un déficit público que alcanza niveles prohibidos por la UE.

La derecha sufrió un descalabro electoral sin precedentes porque en sus tres últimos años en el poder, lejos de mitigar los agudos problemas, los agravó con las querellas entre sus dirigentes, la marcha, que ahora parece una huida, de José Manuel Durao Barroso a Bruselas y la extravagante gestión del populista primer ministro Pedro Santana Lopes. Sócrates es un moderado, atraído por el centrismo y tradicionalista en política exterior, que confía en un impulso reformista para sacar a Portugal del atolladero y lograr el milagro de conjugar la estabilidad con un doloroso saneamiento del sector público y el mantenimiento de la protección social. La esperanza mayoritaria suscitada quizá ayude a Sócrates a promover las reformas necesarias para volver al tren europeo y acelerar tanto la convergencia con Europa como la consolidación del mercado ibérico.