No recurriré a la enumeración de libros, títulos académicos o trabajos, algunos sin más compensación que la del propio deber asumido voluntariamente, ni expondré tópicos que suelen airearse en circunstancias como esta de la muerte cruel de una persona valiosa y además, por suerte, amiga. Ha muerto, sin más. Y sé que no leerá esta columna, ni contestará al teléfono, ni me llevará la cuenta de nuestras colaboraciones en este periódico, las suyas y las mías en su ordenador, su juguete de trabajo, tras el órgano casero en el que hacía música acompañándola, a veces, de un silbido justo y afinado. Tampoco leerá sus periódicos preferidos, que no son los míos, ni discreparemos en las críticas hirientes, como no lo hicimos nunca y sonrientes. Tampoco podrá presumir coquetamente de sordo, "por este lado, por favor", ni tratará de ser justo en el trato dispensado a cada cual, según sus merecimientos, sin pizca de mayor orgullo que el que a cada cual correspondía, humilde con todos, menos con los que no se lo merecían.

Orgulloso cuando debía serlo, fiado en su trabajo, en su inteligencia siempre sin ostentación, sabiendo colocarse en su sitio cuando le correspondía, con desprecio al que lo merecía, con reconocimiento justo, sin alabar vanidades que él no tenía. Ironía, siempre.

Puñetazo sobre la mesa cuando era necesario, siempre con educación aún sufriendo de la indignación. Aquellas entusiastas sobremesas, en la maravillosa Peñíscola, con café y ron. Ron sustituido definitivamente por una copa de buen vino hasta el brindis definitivo, éste que es el último. ¡Por tantas cosas!