Transcurridos casi cinco años desde que las tropas de una coalición internacional llegaran a Afganistán tras la breve guerra de un mes con que EEUU castigó al régimen que acogía a Al Qaeda, autora de los atentados del 11-S, las fuerzas de la ISAF están lejos de controlar el país. El régimen de los talibanes cayó, pero su líder, el mulá Omar, nunca fue detenido y sus seguidores se refugiaron en la región sur de Kandahar, donde ahora se desarrolla una ofensiva de la OTAN en la que participan 2.000 soldados.

La prueba de que la resistencia talibán no deja de crecer es que las operaciones durante el verano se han incrementado, con un alto saldo de bajas entre las tropas de la OTAN. Sólo en agosto han muerto 21 soldados británicos, en un goteo que incide negativamente en la popularidad de Tony Blair, desaparecido de vacaciones en el Caribe mientras se sucedían las muertes y se desencadenaba la alarma ante un supuesto complot para derribar 10 aviones comerciales en vuelo entre el Reino Unido y EEUU. Los talibanes, por su parte, han sufrido 200 bajas desde que el pasado sábado se puso en marcha la operación Medusa, según la OTAN, cifra que da idea también de la envergadura de los combates.

En realidad, EEUU y sus aliados instalaron después de la caída de los talibanes un Gobierno, presidido por Hamid Karzai, cuyo poder real se extiende poco más allá de la capital, Kabul. El resto del país continúa en manos de los señores de la guerra tribales.