La vuelta a la normalidad es también, de algún modo, el momento de despedirse temporalmente del mar a cuya orilla se ha pasado el verano o a la que se ha acudido para intentar aguantar los calores. A partir de ahora paulatinamente le iremos dando la espalda, más o menos conscientes de su irrevocable influencia.

Una influencia que en las comarcas interiores, a pesar de que no se alcanza a verlo, está presente en esa brisa del mediodía que hoy alivia y que en otro tiempo se aguardaba pacientemente desde la era para separar el grano de la paja durante la siega estival.

De su importancia económica hablan los documentos: en 1260 Jaume I, ante el indudable interés comercial que siempre ha supuesto la proximidad del mar, concedía a la villa de Castellón licencia para construir un camino que uniera la población con el mismo; en 1273 dicho monarca otorgaba franquicia de lleuda y otros impuestos sobre las mercancías que entraran o salieran por el carregador de la mar.

A lo largo del siglo XIV son numerosas las noticias que hacen referencia a la actividad comercial marítima para la que la villa estaba autorizada per portar e navegar a quals parts se vulle, exceptat a terra de enemics del senyor rei e de serrahins, mercancías como maderas procedentes de los bosques del interior, pez o sebo de animales.

De él vivían pescadores a los que se les controlaba el destino de sus capturas, el precio que imponían a las mismas y la fidelidad de sus pesos que solo podían utilizar para vender pescado sin fines comerciales, tan a sólo a quienes entonces como hoy aniran a dinar i a folgarse a la mar.

Historiadora