Cada día es más complicado coger un avión, los controles se vuelven más rígidos, a veces tanto que se te van las ganas de viajar. El culpable es el terrorismo global, especialmente el árabe que tras el 11-M complicó todo; terroristas suicidas, que creen que si te matan y se mueren van a un paraíso de no sé qué, y con éstos no hay manera de razonar, solo defenderse y tratar de eliminarlos de la circulación, crudo problema del que nadie tiene la solución.

Hay que llegar al aeropuerto tropecientas horas antes, hacer colas, que se solucionarían poniendo más personal. Identificarse muchas veces y, por fin, casi desnudarse. La llegada al arco de seguridad es el preludio de una ceremonia en la que no solo te quitan accesorios, gafas, relojes, anillos, llaveros, móviles, carteras, bolis, monedas y cualquier cosa metálica, ahora también los cinturones y zapatos; cuando cruzas y sigue sonado puede ser un suplicio, pero si tienes la desgracia de llevar algo metálico insertado en tu cuerpo, clavos, prótesis, incluso empastes metálicos, ¡ah, es el acabose!, eres sospechoso y te registran, cachean y recachean. Ya hemos dado otro paso adelante y no puedes llevar líquidos ni medicinas, ¡jodíos terroristas lo que inventan! Si el viaje es de horas y necesitas medicación, lleva receta, informe médico y que lo entiendan en el país al que vas, toda una lotería.

El tema está mal enfocado porque no hay que tratar a todos como sospechosos de terrorismo, sino tratar a los terroristas como tales, descubrirlos y castigarlos. Conmigo no podrán, yo viajaré, asumiré la incomodidad y los riesgos y no dejaré que esos miserables modifiquen mi vida.

Notario